Mi accidente sucedió en 1970. Tenía entonces12 años. Fuimos a pasear al sector de Topáter con mi familia, mis hermanos y un amigo, Silverio, que falleció no hace mucho.
Encontramos una bomba, que hizo explosión al caer, y yo quedé con una pierna destrozada, mi hermano Lucho también, y Silverio quedó con las dos piernas hechas pedazos.
Nos encontraron unas personas que pasaron por ahí en un camión, y en él nos llevaron al hospital. Allí nos pasaron al pabellón, nos durmieron, y nos operaron.
Al día siguiente al despertar me dí cuenta de que me faltaba una pierna. A Silverio le amputaron las dos de inmediato, y al Lucho, mi hermano, le cortaron una y le iban a cortar la otra porque estaba el pié en muy malas condiciones, pero lo trasladaron al Hospital de Antofagasta para salvársela.
Y desde ahí nos mandaron a Santiago.
Yo estuve como 6 meses en el Hospital Calvo Mackenna y otros 6 meses en el Instituto de Rehabilitación. En1971 me pusieron la primera prótesis, y la segunda en 1972.
Después de 6 años me pusieron la prótesis que tengo ahora. Desde entonces no he tenido ninguna otra, Y ésta está en muy malas condiciones, ya tiene 28 años, y he tenido que repararla con un amigo que es carpintero con trozos de madera, con alambres, pernos y me las arreglo de cualquier modo para poder seguir usándola. En realidad ya no me es muy útil, me daña el muñón, pero qué le vamos a hacer, es la única que tengo y no puedo comprarme otra.
Los tratamientos, los viajes y todos los gastos los costeó mi papá. Como él era garzón, ganaba muy poco, pero tenía algunos conocidos, por ejemplo en el Club de Leones, donde había gente que le ayudaba organizando alguna actividad como por ejemplo, exhibían alguna película, y el dinero que reunían lo aportaban para pagar nuestros tratamientos.
Antes del accidente podía hacer de todo. Ahora no puedo hacer muchas cosas. La sociedad lo discrimina a uno, la gente se burla de una persona sin piernas, la gente a uno no lo vé igual que los demás. Hay discriminación con una persona amputada.
Dejé de estudiar porque me sentía muy mal anímicamente, sentía que se burlaban de mí en el colegio, así es que me fui alejando poco a poco, hasta que no fui más.
Si hubiera estudiado hubiera sido otra persona. Si tuviera la oportunidad ahora de capacitarme en algo, en algún trabajo mejor, lo haría, aunque sea con el fin de saber más,
como una satisfacción personal.
Pero al menos, agradezco que tengo un trabajo. Soy empleado de la corporación municipal, como auxiliar de aseo en un colegio, y aunque es un trabajo humilde, me gano con ello la vida.
Fuimos a la Gobernación en el tiempo del gobierno militar a solicitar ayuda. El ejército nos interrogó sobre lo que había pasado. Nos dijeron que nos iban a jubilar, que nos iban a dar un trabajo, porque se dieron cuenta que lo que nos había dañado era una bomba de ellos. Nos interrogaron, nos pidieron papeles y más papeles para demostrar nuestras lesiones, como si no fueran visibles, se hizo un sumario, etc. Pero ese sumario se perdió, así es que nunca más supimos de nuestro caso en el aspecto legal, desaparecieron todos los antecedentes. Tienen que haberlo perdido a propósito.
Hasta que una vez nos dijeron que nos dejáramos de molestar, porque si lo hacíamos no nos iban a ayudar en nada. De todas maneras nunca nos ayudaron, así es que dio lo mismo.
Después de esto no hubo ninguna querella. No teníamos dinero para ello. Qué abogado va a defender una causa como la de nosotros, la consideraban perdida. Un abogado empezó a hacer algo pero abandonó la pelea. Parece que de algún modo le amarraron las manos, o no le interesaba el asunto, no sé.
Aparte del asunto legal, hemos golpeado puertas por todos lados, y todas se nos han cerrado. Escribimos cartas a la Sra. de Pinochet, a la Sra de Aylwin, y no hemos recibido ninguna respuesta. Hemos pedido ayuda porque yo no puedo comprarme una prótesis. Eso significaría para mí dejar de comer varios meses para poder pagarme una, con lo poco que gano.
La justicia no es igual para todos. Al que tiene como pagar, y comprar un abogado le puede ir bien. Pero de lo contrario, resulta peor, porque hay que reunir plata para pagarle a un abogado, y si después pierde más encima quedo peor que antes.
El COMPIN me ha hecho hacer un montón de trámites y no he sacado nada. Me envían de un lado para otro y nunca he logrado nada. Lo mismo ha pasado con el Fonadis.
Estuve muy deprimido un tiempo, hasta que conseguí mi trabajo. Eso me ayudó bastante. Ahora ya no me siento tan mal. Al menos puedo ganar algo.
Nunca formé una familia. Pero tengo un hijo. No he querido casarme porque para qué voy a hacer sufrir a una mujer que esté conmigo. Imagínese si me quedo sin trabajo. Mejor sufro yo solo, le doy al niño lo que puedo de lo poco que yo gano.
Estoy desesperanzado. Ahora, cuando me ofrecen ayuda, no creo que llegue. Prefiero no tener esperanzas. Mi hermano está peor que yo. Yo al menos me muevo, trato de trabajar en algo, pero el no puede hacer nada, pasa en la casa.
Me gustaría que nos dieran una ayuda que nos sirva de algo como un cambio de prótesis. Una vez quise comprarme un pié, me costaba doscientos mil pesos, y con mi ingreso es imposible costearlo.
Respecto a los políticos, nunca ningún político nos ha ayudado, salvo el Doctor Olguín, que en la época del accidente era candidato a Diputado o Senador. Él consiguió que nos llevaran a Santiago para hacernos tratamiento. Pero aparte de él, nadie. En la Alcaldía y en el COMPIN nos contaron el chiste de que nosotros teníamos que poner la mitad del costo para una prótesis nueva. Es lo mismo que no nos dieran nada.
Me han preguntado si espero algo de la Justicia. Claro, espero que me digan al menos de quién fue la culpa de dejar botada esa bomba que nos mutiló. Que alguien me dé una excusa. Que me otorguen una nueva prótesis para enfrentar mi trabajo en mejores condiciones. Que me den la posibilidad de poder capacitarme para conseguir un trabajo mejor, y desempeñarme mejor en la sociedad en que vivo. Eso espero de la Justicia, si es que existe.
N.del E.
-COMPIN: Comisión de Medicina Preventiva e Invalidez. Organismo dependiente del Estado de Chile.
-Fonadis: Fondo Nacional de la Discapacidad.
-Topáter: lugar en la periferia inmediata de la ciudad de Calama. El lugar donde sucedió el accidente era un campo de prácticas de artillería no delimitado ni señalizado en modo alguno para los civiles. Remítase el lector al relato de Luis Vergara y a la entrevista hecha al señor Jaime Cárdenas.
-Bomba: el narrador se refiere en éstos términos a un proyectil, probablemente de 106 mm. lanzado por un cañón móvil durante maniobras militares, que no hizo explosión al impactar contra su blanco.
-Gobernación: sede de la autoridad principal de gobierno interior de una provincia, en este caso El Loa, segunda región de Chile.
-Garzón: waiter, bursche, garcon. El oficio del padre de la víctima, que en Chile significa un nivel de ingreso muy bajo.
-Comentario del Editor: Es evidente la desesperanza de la víctima. Su relato ha sido hecho como apenas un suceso más en su vida, y ni siquiera ha tenido el ánimo de recordar su dolor, cosa que hemos respetado. No se detuvo en describir sus padecimientos, como es evidente en lo que se transcribe, y no espera ya nada de la sociedad que lo mutiló. La justicia se revela para él como una utopía, y le pide lo mínimo: su rehabilitación y su reinserción laboral. En realidad, no quiere pedirle nada, porque no espera nada.
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sábado, 26 de agosto de 2006
Teniente Crnl. Manuel Moreno
Yo me accidenté el 14 de enero de 1986. Tenía entonces 26 años, y el grado de capitán de ejército. Actualmente soy Teniente Coronel, y llevo 25 años sirviendo en el Ejército.
Pertenezco al arma de ingenieros del ejército. Serví durante cuatro años en la zona central, y después fui destinado al Regimiento de Ingenieros N°6 Azapa, pero mi trabajo lo desempeñaba específicamente en el Regimiento Huamachuco, situado entre el lago Chungará y Putre, en pleno altiplano.
Nuestra labor consistía, entre otras, en la mantención de campos minados, revisar el estado de las alambradas, los letreros etc. y este trabajo era el que me encontraba realizando en la zona general del lago Chungará, más precisamente cerca de Tambo Quemado, cuando sucedió mi accidente. Mi accidente fue en acto de servicio.
Lo que sucedió fue que pisé una mina antipersonal, la que me lesionó el pié, arrancándome parte de él.
En el lugar donde caminábamos se suponía que no debía haber minas, pero hay una serie de circunstancias que hacen que se desplacen, como los aluviones que bajan desde la serranía. Y bueno, simplemente me tocó a mí pisar esa mina que estaba allí fuera de su ubicación original, y me voló parte del pié. La lesión fue fundamentalmente de 2 dedos. No sabría describir la lesión del resto del pié, pero lo claro es que perdí 2 dedos.
. Hay una cosa clara: uno es, aunque sea de baja graduación, un oficial a cargo de su gente, en este caso yo andaba con 12 soldados, que eran mi responsabilidad, y lo lógico es que si ha de suceder un accidente, le suceda a uno, no a su gente, así es que nunca me he cuestionado que me haya sucedido esto.
No perdí la conciencia en ningún momento. Tampoco perdí el liderazgo dentro de mi grupo, de modo que yo mismo dí las órdenes para la evacuación.
No sufrí ningún tipo de conmoción, ni perdí en ningún momento el control de la situación.
Emprendimos camino hacia el Regimiento Huamachuco, que era donde estaba la primera posibilidad de atención pues ahí hay paramédicos y los elementos necesarios. Desde allí deberíamos bajar hasta Arica, que es donde se encuentran las instalaciones hospitalarias.
Tuve la fortuna de encontrarme con un helicóptero nuestro que por las condiciones climáticas del momento debía regresar antes de lo presupuestado a Arica, y por este medio llegué al Hospital Juan Noé de esa ciudad.
Allí me recibieron médicos a los que recuerdo con gratitud, siempre he tenido la intención de buscarlos, para saludarlos y agradecerles por la forma en que me atendieron, pero hasta ahora es algo que tengo pendiente.
Uno de estos médicos tomó la decisión de amputarme los dos tercios distales del pié. Recuerdo que dijo con mucha seguridad:”aquí hay dos dedos perdidos, pero yo voy a hacer la amputación de los dedos restantes, y voy a hacer el corte en el tercio superior del pié”. Seguramente vio que el resto del pié estaba en malas condiciones, y optó por asegurar que me quedara un remanente suficiente para poder caminar. De hecho tengo talón, y apoyo mi extremidad en él sin problema. Así es que admiro mucho la decisión y el conocimiento de este médico. Creo que a veces los médicos ven a sus accidentados como si fueran sus hijos, y tratan de dejarlos en las mejores condiciones posibles para enfrentar el futuro.
Estuve solamente 3 días en Arica, y posteriormente fui trasladado a Santiago al Hospital Militar, donde me atendió un cirujano plástico de quien también estoy muy agradecido. En esos días era tiempo de vacaciones, había cambios de turnos, muchos se iban, pero este médico me dijo: “yo me voy a hacer cargo de tu caso, y vamos a cubrir este muñón con piel”. Mi muñón no tenía piel, pero el trabajó para cubrirlo y lo logró de muy buena forma.
En relación con limitaciones físicas derivadas de mi lesión, yo nunca dejé de practicar las actividades que antes realizaba. Por ejemplo, yo era seleccionado de basketball y atleta de alto rendimiento, de nivel sudamericano. Solamente tuve que reducir el nivel de mis prácticas deportivas, desde una categoría de deportista sudamericano a un nivel local. Pero en la actualidad yo corro los 10.000 metros y no tengo ningún problema en ganarle a cualquiera, y lo hago. Juego basketball, ya no a nivel nacional, pero sí a nivel comunal, local, y he participado en muchos campeonatos.
En el aspecto laboral, no tengo ningún tipo de limitación, de hecho volví a trabajar en lo mismo que hacía antes en el ejército.
Jurídicamente, mi accidente sucedió en acto de servicio, por lo tanto en estos casos lo que se aplica es una reducción en el tiempo necesario para acogerse a retiro, entonces se abonan años de servicio, pero eso es todo. Lo que a mi me interesa es efectuar mi trabajo en las mejores condiciones, y a través de él adoptar las medidas necesarias para lograr la máxima seguridad para otras personas, y desarrollar mi vida con mi esposa y mis dos hijas de manera normal.
Yo he encarado esto de tal modo que mis hijas saben lo que tengo pero nunca me han visto limitado por ello. Yo nado, hago mis deportes, mi trabajo, normalmente.
Para mí hay algo muy claro: la recuperación depende única y exclusivamente de uno mismo.
Mi madre, por ejemplo, sólo sabe que yo sufrí una lesión, pero no sabe con precisión cuál, pues yo nunca se la he mostrado, para no afectarla, para no causarle a ella ningún dolor.
Actualmente trabajo en el Instituto Geográfico Militar, donde tratamos de elaborar cartografía que reduzca al mínimo los riesgos para las personas. Donde hay minas sembradas por la institución, nos preocupamos de tener todo debidamente delimitado y señalizado, y cumplir con los trabajos de desminado de acuerdo a los tratados internacionales.
En la actualidad, soy el único militar en servicio activo que ha sido lesionado por una mina.
N.del E.
-. Felicitamos al coronel Moreno por su gran entereza, valentía e indomable espíritu de lucha. Por sobre todo, nos alegramos profunda y verdaderamente de que su lesión no haya sido mayor. Pero no debe el lector perder de vista dos hechos fundamentales:
1. La lesión que él sufrió, fue afortunadamente de magnitud mucho menor a las sufridas por otras personas dañadas por minas o proyectiles. No es dable esperar que alguien que ha perdido ambas manos o ambas piernas enfoquen la vida de la misma manera, aunque ello pueda ser deseable.
2. Su visión corresponde a la de un soldado profesional, que lleva incorporado en la esencia de su ser mismo, el aceptar que las lesiones o muerte que pueda sufrir durante el desarrollo de su trabajo no son más que parte de su deber. Esto está asumido en la mentalidad de un soldado profesional, y no podría ser de otra manera, dada la naturaleza de su profesión. Constituye un rasgo de entereza y valentía necesarias a un buen combatiente, de lo que el coronel Moreno ha dado amplia muestra.
Pero creemos que no es posible extrapolar ese mismo enfoque a un civil, máxime si es un niño o adolescente, que no ha tenido jamás la intención de participar en actos propios de la preparación para la guerra.
-La zona descrita como escenario del accidente, se encuentra en la frontera de Chile con Bolivia.
-No concordamos con la posición manifestada por el señor Coronel en el sentido de que todas las zonas de riesgo se encuentran bien delimitadas. Por diversas razones, hay zonas en que la demarcación es inapropiada o inexistente. Ello es un hecho irrebatible, demostrado en múltiples ocasiones por nosotros.
- No compartimos, basándonos en nuestra experiencia, que la recuperación de estas lesiones dependa única y exclusivamente del lesionado. Ello está sujeto a la magnitud de la lesión, a su repercusión funcional, a su impacto psíquico, al apoyo familiar, y, cosa que el país jamás ha encarado, al apoyo comunitario manifestado a través de los organismos de asistencia estatal.
Pertenezco al arma de ingenieros del ejército. Serví durante cuatro años en la zona central, y después fui destinado al Regimiento de Ingenieros N°6 Azapa, pero mi trabajo lo desempeñaba específicamente en el Regimiento Huamachuco, situado entre el lago Chungará y Putre, en pleno altiplano.
Nuestra labor consistía, entre otras, en la mantención de campos minados, revisar el estado de las alambradas, los letreros etc. y este trabajo era el que me encontraba realizando en la zona general del lago Chungará, más precisamente cerca de Tambo Quemado, cuando sucedió mi accidente. Mi accidente fue en acto de servicio.
Lo que sucedió fue que pisé una mina antipersonal, la que me lesionó el pié, arrancándome parte de él.
En el lugar donde caminábamos se suponía que no debía haber minas, pero hay una serie de circunstancias que hacen que se desplacen, como los aluviones que bajan desde la serranía. Y bueno, simplemente me tocó a mí pisar esa mina que estaba allí fuera de su ubicación original, y me voló parte del pié. La lesión fue fundamentalmente de 2 dedos. No sabría describir la lesión del resto del pié, pero lo claro es que perdí 2 dedos.
. Hay una cosa clara: uno es, aunque sea de baja graduación, un oficial a cargo de su gente, en este caso yo andaba con 12 soldados, que eran mi responsabilidad, y lo lógico es que si ha de suceder un accidente, le suceda a uno, no a su gente, así es que nunca me he cuestionado que me haya sucedido esto.
No perdí la conciencia en ningún momento. Tampoco perdí el liderazgo dentro de mi grupo, de modo que yo mismo dí las órdenes para la evacuación.
No sufrí ningún tipo de conmoción, ni perdí en ningún momento el control de la situación.
Emprendimos camino hacia el Regimiento Huamachuco, que era donde estaba la primera posibilidad de atención pues ahí hay paramédicos y los elementos necesarios. Desde allí deberíamos bajar hasta Arica, que es donde se encuentran las instalaciones hospitalarias.
Tuve la fortuna de encontrarme con un helicóptero nuestro que por las condiciones climáticas del momento debía regresar antes de lo presupuestado a Arica, y por este medio llegué al Hospital Juan Noé de esa ciudad.
Allí me recibieron médicos a los que recuerdo con gratitud, siempre he tenido la intención de buscarlos, para saludarlos y agradecerles por la forma en que me atendieron, pero hasta ahora es algo que tengo pendiente.
Uno de estos médicos tomó la decisión de amputarme los dos tercios distales del pié. Recuerdo que dijo con mucha seguridad:”aquí hay dos dedos perdidos, pero yo voy a hacer la amputación de los dedos restantes, y voy a hacer el corte en el tercio superior del pié”. Seguramente vio que el resto del pié estaba en malas condiciones, y optó por asegurar que me quedara un remanente suficiente para poder caminar. De hecho tengo talón, y apoyo mi extremidad en él sin problema. Así es que admiro mucho la decisión y el conocimiento de este médico. Creo que a veces los médicos ven a sus accidentados como si fueran sus hijos, y tratan de dejarlos en las mejores condiciones posibles para enfrentar el futuro.
Estuve solamente 3 días en Arica, y posteriormente fui trasladado a Santiago al Hospital Militar, donde me atendió un cirujano plástico de quien también estoy muy agradecido. En esos días era tiempo de vacaciones, había cambios de turnos, muchos se iban, pero este médico me dijo: “yo me voy a hacer cargo de tu caso, y vamos a cubrir este muñón con piel”. Mi muñón no tenía piel, pero el trabajó para cubrirlo y lo logró de muy buena forma.
En relación con limitaciones físicas derivadas de mi lesión, yo nunca dejé de practicar las actividades que antes realizaba. Por ejemplo, yo era seleccionado de basketball y atleta de alto rendimiento, de nivel sudamericano. Solamente tuve que reducir el nivel de mis prácticas deportivas, desde una categoría de deportista sudamericano a un nivel local. Pero en la actualidad yo corro los 10.000 metros y no tengo ningún problema en ganarle a cualquiera, y lo hago. Juego basketball, ya no a nivel nacional, pero sí a nivel comunal, local, y he participado en muchos campeonatos.
En el aspecto laboral, no tengo ningún tipo de limitación, de hecho volví a trabajar en lo mismo que hacía antes en el ejército.
Jurídicamente, mi accidente sucedió en acto de servicio, por lo tanto en estos casos lo que se aplica es una reducción en el tiempo necesario para acogerse a retiro, entonces se abonan años de servicio, pero eso es todo. Lo que a mi me interesa es efectuar mi trabajo en las mejores condiciones, y a través de él adoptar las medidas necesarias para lograr la máxima seguridad para otras personas, y desarrollar mi vida con mi esposa y mis dos hijas de manera normal.
Yo he encarado esto de tal modo que mis hijas saben lo que tengo pero nunca me han visto limitado por ello. Yo nado, hago mis deportes, mi trabajo, normalmente.
Para mí hay algo muy claro: la recuperación depende única y exclusivamente de uno mismo.
Mi madre, por ejemplo, sólo sabe que yo sufrí una lesión, pero no sabe con precisión cuál, pues yo nunca se la he mostrado, para no afectarla, para no causarle a ella ningún dolor.
Actualmente trabajo en el Instituto Geográfico Militar, donde tratamos de elaborar cartografía que reduzca al mínimo los riesgos para las personas. Donde hay minas sembradas por la institución, nos preocupamos de tener todo debidamente delimitado y señalizado, y cumplir con los trabajos de desminado de acuerdo a los tratados internacionales.
En la actualidad, soy el único militar en servicio activo que ha sido lesionado por una mina.
N.del E.
-. Felicitamos al coronel Moreno por su gran entereza, valentía e indomable espíritu de lucha. Por sobre todo, nos alegramos profunda y verdaderamente de que su lesión no haya sido mayor. Pero no debe el lector perder de vista dos hechos fundamentales:
1. La lesión que él sufrió, fue afortunadamente de magnitud mucho menor a las sufridas por otras personas dañadas por minas o proyectiles. No es dable esperar que alguien que ha perdido ambas manos o ambas piernas enfoquen la vida de la misma manera, aunque ello pueda ser deseable.
2. Su visión corresponde a la de un soldado profesional, que lleva incorporado en la esencia de su ser mismo, el aceptar que las lesiones o muerte que pueda sufrir durante el desarrollo de su trabajo no son más que parte de su deber. Esto está asumido en la mentalidad de un soldado profesional, y no podría ser de otra manera, dada la naturaleza de su profesión. Constituye un rasgo de entereza y valentía necesarias a un buen combatiente, de lo que el coronel Moreno ha dado amplia muestra.
Pero creemos que no es posible extrapolar ese mismo enfoque a un civil, máxime si es un niño o adolescente, que no ha tenido jamás la intención de participar en actos propios de la preparación para la guerra.
-La zona descrita como escenario del accidente, se encuentra en la frontera de Chile con Bolivia.
-No concordamos con la posición manifestada por el señor Coronel en el sentido de que todas las zonas de riesgo se encuentran bien delimitadas. Por diversas razones, hay zonas en que la demarcación es inapropiada o inexistente. Ello es un hecho irrebatible, demostrado en múltiples ocasiones por nosotros.
- No compartimos, basándonos en nuestra experiencia, que la recuperación de estas lesiones dependa única y exclusivamente del lesionado. Ello está sujeto a la magnitud de la lesión, a su repercusión funcional, a su impacto psíquico, al apoyo familiar, y, cosa que el país jamás ha encarado, al apoyo comunitario manifestado a través de los organismos de asistencia estatal.
Luis Vergara
Nací el 9 de agosto de 1954, en una familia de escasos recursos que vivía del trabajo de mi padre, cuyo oficio era el de garzón de restaurante. Todos sabemos lo poco que ganan quienes se dedican a ello, y cuánto les cuesta mantener a sus familias. Pero así nos criaron a mí y a mis hermanos y hermanas, nos dieron el cuidado que estaba a su alcance, y se preocuparon por nosotros. Y lloraron por nosotros, por mí y mi hermano Francisco, cuando un explosivo militar destrozó nuestras piernas.
Era domingo ese 21 de noviembre de 1970, hace ya 34 largos y penosos años. Las familias paterna y materna decidieron ir de paseo al río, en un camión todos, para permitirnos jugar y bañarnos en las heladas aguas del Loa. En Topáter, cerca del lugar donde ahora se emplazan los estanques de la planta de aguas de Calama, empezamos a jugar, todos niños pequeños, y por supuesto, inocentes del peligro y la tragedia que nos esperaba. Será el destino, pienso ahora. Qué otra cosa pudo ser. Yo era el más crecido pues ya tenía 16 años, y con mi hermano Francisco y nuestro amigo Silverio, decidimos ir a jugar a los cerros de Topáter, que están cerca del río. No tenía ganas de bañarme, me daba vergüenza que me vieran en calzoncillos, así es que preferimos ir al cerro. A poco andar, divisamos a unos 100 metros un artefacto de extrañas formas que sobresalía del terreno y corrimos hacia él, sin encontrar obstáculo alguno que nos impidiera el acceso al lugar: ni una alambrada, ni un letrero, ni guardias. Nada. Llegando a él, encontramos que era un objeto metálico de mediano tamaño con la forma de un cono, con unas aletas en la cola. Nos pareció vistoso, y como era metálico, y ya que a veces vendíamos chatarra que encontrábamos, decidimos llevarlo a nuestra casa para después venderlo.
Entonces, yo me lo eché al hombro y empecé a caminar con él a cuestas. Quise traspasarlo a Silverio, pero en la maniobra resbaló, él no alcanzó a sujetarlo y cayó de punta al suelo.
Sólo sentí un gran ruido, tierra que se agitaba, polvo elevándose en el aire. Una especie de aturdimiento, una sensación de estar viviendo algo irreal. Vi con estupor que estábamos todos en el suelo, Silverio, yo, mi hermano. Traté de pararme pero no pude, y entonces me largué a reir y les dije: ¡estamos en un hoyo! Escuché un grito de Silverio:- ¡ Estoy lleno de sangre!. Lo miré y tenía destrozadas las piernas, y estaba cubierto de tierra y sangre. Miré hacia abajo y mi pierna izquierda había desaparecido, y tenía el pié derecho hecho pedazos. Mi hermano estaba intentando saltar, pero su pierna derecha completamente molida se movía en todas direcciones, como las piernas de un muñeco de trapo. No comprendía qué había pasado, en esa nube de polvo, humo, tierra y sangre. El dolor, el terror, la sorpresa de lo que estaba pasando no me dejaban pensar. No puedo describir lo que uno siente cuando se vé destrozado, tirado en el suelo, sin su pierna, sin saber qué sucedió, así, de pronto, con su hermano y su amigo tirados sobre la tierra, también destrozados, desconcertados, preguntando por sus piernas, dónde están, porqué esta sangre, de dónde viene, qué irá a ser de nosotros ahora. El ataque de un explosivo abandonado (después supe que era un proyectil) es tan rápido, tan fulminante, destructor, tan traidor y cobarde que uno no se da cuenta de lo que le ha pasado sino transcurrido un buen tiempo. Los gritos de dolor fueron oídos por gente que pasó entonces en camión a unos 100 metros de nosotros, y como se dieron cuenta de que algo malo había sucedido, acudieron a donde nos encontrábamos, y al observar la escena y ver que había tres niños en medio del cráter de la explosión, hechos pedazos, desangrándose, nos subieron al camión y nos hicieron torniquetes con pañuelos y con alambres como mejor pudieron. Así estábamos cuando a lo lejos, mi madre le decía a mi padre: ¡algo les pasó a los niños! Él le respondió: “¡no, qué les va a pasar a los niños, deben estar cazando tórtolas por ahí! Cuando se acercaron al camión y nos vieron, empezaron a gritar de pura desesperación, dolor de padres golpeados de pronto por una visión infernal, la de sus hijos convertidos en jirones de carne sangrante, impotencia de no saber qué hacer, de no saber qué nos había despedazado de esa forma, y de qué manera podría arreglarse el daño que nosotros, sus pequeños, que tanto les había costado criar, habíamos sufrido.
Y así, en un camión, llegamos al Hospital de Calama, donde después de muchos problemas, por falta de personal en ese momento, por falta de insumos, por falta de sangre para transfusiones, y luego de reunir al equipo necesario, empezaron los preparativos para operarnos y amputarnos las piernas que habían sido destrozadas por lo que entonces ya se sabía que había sido un proyectil militar de los que no hacen explosión al ser disparados. Para entonces, yo iba perdiendo la conciencia debido a que una gran cantidad de sangre había manado de mi pierna a pesar del torniquete. Yo veía cómo saltaba un chorro de sangre, sin parar, una y otra vez, y el dolor que se extendía desde los jirones de pierna que me quedaron hacia todo mi cuerpo fue poco a poco apagándose por el sopor...
Cuando desperté, supe que nunca volvería ser como antes. Había perdido mi pierna.¿Cómo haría para volver a caminar, a jugar, a saltar, a andar en bicicleta? ¿Quién me devolvería lo que me habían quitado? ¿Quién me había arrancado mi pierna, y porqué?
Hasta el día de hoy no tengo respuesta. El hecho es que después me trasladaron a Antofagasta, y desde allí a Santiago, gracias a una gestión personal del doctor Osvaldo Olguín, que después fue Senador, y en esos días se encontraba en la región en su campaña. Estuve primero en el Hospital Militar, desde allí me enviaron al Hospital del Salvador, luego al Instituto Traumatológico, después a un centro asistencial cuyo nombre no recuerdo en la calle Maruri, donde me confeccionaron la primera prótesis. Ya habían pasado 2 años, era 1972. Después de todo ese peregrinar, pude apoyarme en esa prótesis precaria para dar algunos pasos. Me duró hasta 1986, sin ningún cambio o ajuste en todos esos años. Entonces, ya que se había deteriorado y se había hecho inservible, hubo que confeccionarme otra, y mi padre, con su escaso salario de garzón, con su sacrificio de hombre pobre, pagó por una nueva, que es la que tengo hasta ahora. Está vieja y gastada, me daña el muñón, no puedo afirmarme bien sobre ella. Pero no he podido conseguir otra. ¿Cómo podría pagarla, si sólo recibo una Pensión Asistencial que me dio el Estado, de $37.000 al mes? Con ella, y remendando zapatos al principio, luego con mis hijos trabajando precozmente debido a la invalidez mía, hemos tratado de mantener una familia. Ya tengo nietos, y 50 años. 34 han pasado desde que me destruyeron.
Tratamos de ejercer acciones legales, pero lo único que logramos fue un sumario realizado por la Gobernación de El Loa. Hasta el día de hoy no sabemos nada sobre el resultado.
Recuerdo que se nos acusó de tener explosivos ilegalmente y de habernos arrancado de la escuela para ir a meternos donde no debíamos. ¡Era fin de semana, por la flauta, era día domingo, de qué escuela nos íbamos a escapar, qué clase íbamos a capear!
Me acusaron de haber ingresado sin permiso a un recinto militar, de haber cortado los alambres del cerco, de no respetar al guardia. ¿Qué alambres, que cerco, qué guardia, si no había nada de ello?
Mi padre no podía pagar a un abogado para establecer los hechos y perseguir responsabilidad civil en mi accidente y como en ese tiempo no había asistencia judicial gratuita no pude continuar un proceso judicial.
Quise tramitar una pensión mejor por intermedio de una asistente social de la Municipalidad de Calama sin resultado alguno. Le pedí al Fondo Nacional de la Discapacidad que me ayudara con una prótesis, y me respondieron que tenía que pagar yo la mitad, lo que significa casi $1.000.000 que yo no tengo...de lo contrario no estaría pidiendo ayuda.
Nadie ha venido a mi casa en todos estos años a decirme al menos:- Sentimos mucho el daño que le hemos hecho. Porque el país es responsable por sus instituciones que han dejado el desierto sembrado de explosivos para que los encuentren los niños, y venimos a darle nuestro apoyo, a proporcionarle una nueva prótesis, a darle un trabajo que usted sea capaz de realizar. Para reparar sólo en parte el daño que le hemos causado, si es posible hacerlo-...Pero no ha venido nadie en 34 años.
Ya no creo en la justicia. Ni en que me pidan perdón por lo que me hicieron.
Sólo espero que algún día algún funcionario del gobierno venga y me diga: -Tome, éste es un cheque por todo lo que usted ha sufrido y sigue sufriendo, por todo lo que este país le quitó por dejar botado un proyectil, por la irresponsabilidad del que lo disparó en su nombre para mantenerse bien entrenado. A costa de su pierna, de parte de su vida, de su dolor de entonces y de ahora.-
Con ello, al menos tendría algo que dejarle a mis hijos, a mis nietos, a quienes a veces digo: a su tata ya no le queda mucho tiempo...
Porque a veces no tengo ganas de nada. De hacer nada, ni de pensar en nada, ni de esperar nada. Pues ha pasado mucho tiempo... y quienes me hicieron esto no se han asomado por mi casa ni siquiera para preguntarme cómo me he sentido todos estos años, y cómo he logrado sobrevivir. A pesar de todo. A pesar de un proyectil abandonado en el desierto por alguien que no sabe que existo.
N. del E.
-Calama. Ciudad de 100.000 habitantes a la fecha del accidente, situada en la segunda región de Chile, Antofagasta. El lugar referido como Topáter está en su vecindad próxima, y ha sido y es concurrido abundantemente por civiles.
-Guarnición militar en Calama a la fecha del relato: Regimiento de Infantería de Montaña Reforzado Motorizado N°5. Regimiento de Ingenieros de Chuquicamata.
-Gobierno del Estado de Chile a la fecha del relato: transición reciente de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva a la de Salvador Allende Gossens.
-MUSE: Munición sin explosar.
-FONADIS: Fondo Nacional de la Discapacidad. Organismo estatal chileno que funciona con el único y exclusivo fin de prestar asistencia a los discapacitados del país, con fondos fiscales.
-$37.000. Al tipo de cambio actual, unos USD$60 mensuales. El costo de 2 pares de zapatos, o la mitad del gasto promedio en telefonía de una familia de ingresos medios.
-Respecto a la delimitación de las áreas de riesgo, a falta de un tratado específico en 1970, como el Tratado de Ottawa en la actualidad, debe aplicarse el criterio del buen juicio y la sana crítica, y aceptar que lo mencionado por la víctima se encuadra en este marco: no había ningún tipo de advertencia de riesgo o demarcación alguna, lo que se repite en todos los casos entrevistados.
Era domingo ese 21 de noviembre de 1970, hace ya 34 largos y penosos años. Las familias paterna y materna decidieron ir de paseo al río, en un camión todos, para permitirnos jugar y bañarnos en las heladas aguas del Loa. En Topáter, cerca del lugar donde ahora se emplazan los estanques de la planta de aguas de Calama, empezamos a jugar, todos niños pequeños, y por supuesto, inocentes del peligro y la tragedia que nos esperaba. Será el destino, pienso ahora. Qué otra cosa pudo ser. Yo era el más crecido pues ya tenía 16 años, y con mi hermano Francisco y nuestro amigo Silverio, decidimos ir a jugar a los cerros de Topáter, que están cerca del río. No tenía ganas de bañarme, me daba vergüenza que me vieran en calzoncillos, así es que preferimos ir al cerro. A poco andar, divisamos a unos 100 metros un artefacto de extrañas formas que sobresalía del terreno y corrimos hacia él, sin encontrar obstáculo alguno que nos impidiera el acceso al lugar: ni una alambrada, ni un letrero, ni guardias. Nada. Llegando a él, encontramos que era un objeto metálico de mediano tamaño con la forma de un cono, con unas aletas en la cola. Nos pareció vistoso, y como era metálico, y ya que a veces vendíamos chatarra que encontrábamos, decidimos llevarlo a nuestra casa para después venderlo.
Entonces, yo me lo eché al hombro y empecé a caminar con él a cuestas. Quise traspasarlo a Silverio, pero en la maniobra resbaló, él no alcanzó a sujetarlo y cayó de punta al suelo.
Sólo sentí un gran ruido, tierra que se agitaba, polvo elevándose en el aire. Una especie de aturdimiento, una sensación de estar viviendo algo irreal. Vi con estupor que estábamos todos en el suelo, Silverio, yo, mi hermano. Traté de pararme pero no pude, y entonces me largué a reir y les dije: ¡estamos en un hoyo! Escuché un grito de Silverio:- ¡ Estoy lleno de sangre!. Lo miré y tenía destrozadas las piernas, y estaba cubierto de tierra y sangre. Miré hacia abajo y mi pierna izquierda había desaparecido, y tenía el pié derecho hecho pedazos. Mi hermano estaba intentando saltar, pero su pierna derecha completamente molida se movía en todas direcciones, como las piernas de un muñeco de trapo. No comprendía qué había pasado, en esa nube de polvo, humo, tierra y sangre. El dolor, el terror, la sorpresa de lo que estaba pasando no me dejaban pensar. No puedo describir lo que uno siente cuando se vé destrozado, tirado en el suelo, sin su pierna, sin saber qué sucedió, así, de pronto, con su hermano y su amigo tirados sobre la tierra, también destrozados, desconcertados, preguntando por sus piernas, dónde están, porqué esta sangre, de dónde viene, qué irá a ser de nosotros ahora. El ataque de un explosivo abandonado (después supe que era un proyectil) es tan rápido, tan fulminante, destructor, tan traidor y cobarde que uno no se da cuenta de lo que le ha pasado sino transcurrido un buen tiempo. Los gritos de dolor fueron oídos por gente que pasó entonces en camión a unos 100 metros de nosotros, y como se dieron cuenta de que algo malo había sucedido, acudieron a donde nos encontrábamos, y al observar la escena y ver que había tres niños en medio del cráter de la explosión, hechos pedazos, desangrándose, nos subieron al camión y nos hicieron torniquetes con pañuelos y con alambres como mejor pudieron. Así estábamos cuando a lo lejos, mi madre le decía a mi padre: ¡algo les pasó a los niños! Él le respondió: “¡no, qué les va a pasar a los niños, deben estar cazando tórtolas por ahí! Cuando se acercaron al camión y nos vieron, empezaron a gritar de pura desesperación, dolor de padres golpeados de pronto por una visión infernal, la de sus hijos convertidos en jirones de carne sangrante, impotencia de no saber qué hacer, de no saber qué nos había despedazado de esa forma, y de qué manera podría arreglarse el daño que nosotros, sus pequeños, que tanto les había costado criar, habíamos sufrido.
Y así, en un camión, llegamos al Hospital de Calama, donde después de muchos problemas, por falta de personal en ese momento, por falta de insumos, por falta de sangre para transfusiones, y luego de reunir al equipo necesario, empezaron los preparativos para operarnos y amputarnos las piernas que habían sido destrozadas por lo que entonces ya se sabía que había sido un proyectil militar de los que no hacen explosión al ser disparados. Para entonces, yo iba perdiendo la conciencia debido a que una gran cantidad de sangre había manado de mi pierna a pesar del torniquete. Yo veía cómo saltaba un chorro de sangre, sin parar, una y otra vez, y el dolor que se extendía desde los jirones de pierna que me quedaron hacia todo mi cuerpo fue poco a poco apagándose por el sopor...
Cuando desperté, supe que nunca volvería ser como antes. Había perdido mi pierna.¿Cómo haría para volver a caminar, a jugar, a saltar, a andar en bicicleta? ¿Quién me devolvería lo que me habían quitado? ¿Quién me había arrancado mi pierna, y porqué?
Hasta el día de hoy no tengo respuesta. El hecho es que después me trasladaron a Antofagasta, y desde allí a Santiago, gracias a una gestión personal del doctor Osvaldo Olguín, que después fue Senador, y en esos días se encontraba en la región en su campaña. Estuve primero en el Hospital Militar, desde allí me enviaron al Hospital del Salvador, luego al Instituto Traumatológico, después a un centro asistencial cuyo nombre no recuerdo en la calle Maruri, donde me confeccionaron la primera prótesis. Ya habían pasado 2 años, era 1972. Después de todo ese peregrinar, pude apoyarme en esa prótesis precaria para dar algunos pasos. Me duró hasta 1986, sin ningún cambio o ajuste en todos esos años. Entonces, ya que se había deteriorado y se había hecho inservible, hubo que confeccionarme otra, y mi padre, con su escaso salario de garzón, con su sacrificio de hombre pobre, pagó por una nueva, que es la que tengo hasta ahora. Está vieja y gastada, me daña el muñón, no puedo afirmarme bien sobre ella. Pero no he podido conseguir otra. ¿Cómo podría pagarla, si sólo recibo una Pensión Asistencial que me dio el Estado, de $37.000 al mes? Con ella, y remendando zapatos al principio, luego con mis hijos trabajando precozmente debido a la invalidez mía, hemos tratado de mantener una familia. Ya tengo nietos, y 50 años. 34 han pasado desde que me destruyeron.
Tratamos de ejercer acciones legales, pero lo único que logramos fue un sumario realizado por la Gobernación de El Loa. Hasta el día de hoy no sabemos nada sobre el resultado.
Recuerdo que se nos acusó de tener explosivos ilegalmente y de habernos arrancado de la escuela para ir a meternos donde no debíamos. ¡Era fin de semana, por la flauta, era día domingo, de qué escuela nos íbamos a escapar, qué clase íbamos a capear!
Me acusaron de haber ingresado sin permiso a un recinto militar, de haber cortado los alambres del cerco, de no respetar al guardia. ¿Qué alambres, que cerco, qué guardia, si no había nada de ello?
Mi padre no podía pagar a un abogado para establecer los hechos y perseguir responsabilidad civil en mi accidente y como en ese tiempo no había asistencia judicial gratuita no pude continuar un proceso judicial.
Quise tramitar una pensión mejor por intermedio de una asistente social de la Municipalidad de Calama sin resultado alguno. Le pedí al Fondo Nacional de la Discapacidad que me ayudara con una prótesis, y me respondieron que tenía que pagar yo la mitad, lo que significa casi $1.000.000 que yo no tengo...de lo contrario no estaría pidiendo ayuda.
Nadie ha venido a mi casa en todos estos años a decirme al menos:- Sentimos mucho el daño que le hemos hecho. Porque el país es responsable por sus instituciones que han dejado el desierto sembrado de explosivos para que los encuentren los niños, y venimos a darle nuestro apoyo, a proporcionarle una nueva prótesis, a darle un trabajo que usted sea capaz de realizar. Para reparar sólo en parte el daño que le hemos causado, si es posible hacerlo-...Pero no ha venido nadie en 34 años.
Ya no creo en la justicia. Ni en que me pidan perdón por lo que me hicieron.
Sólo espero que algún día algún funcionario del gobierno venga y me diga: -Tome, éste es un cheque por todo lo que usted ha sufrido y sigue sufriendo, por todo lo que este país le quitó por dejar botado un proyectil, por la irresponsabilidad del que lo disparó en su nombre para mantenerse bien entrenado. A costa de su pierna, de parte de su vida, de su dolor de entonces y de ahora.-
Con ello, al menos tendría algo que dejarle a mis hijos, a mis nietos, a quienes a veces digo: a su tata ya no le queda mucho tiempo...
Porque a veces no tengo ganas de nada. De hacer nada, ni de pensar en nada, ni de esperar nada. Pues ha pasado mucho tiempo... y quienes me hicieron esto no se han asomado por mi casa ni siquiera para preguntarme cómo me he sentido todos estos años, y cómo he logrado sobrevivir. A pesar de todo. A pesar de un proyectil abandonado en el desierto por alguien que no sabe que existo.
N. del E.
-Calama. Ciudad de 100.000 habitantes a la fecha del accidente, situada en la segunda región de Chile, Antofagasta. El lugar referido como Topáter está en su vecindad próxima, y ha sido y es concurrido abundantemente por civiles.
-Guarnición militar en Calama a la fecha del relato: Regimiento de Infantería de Montaña Reforzado Motorizado N°5. Regimiento de Ingenieros de Chuquicamata.
-Gobierno del Estado de Chile a la fecha del relato: transición reciente de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva a la de Salvador Allende Gossens.
-MUSE: Munición sin explosar.
-FONADIS: Fondo Nacional de la Discapacidad. Organismo estatal chileno que funciona con el único y exclusivo fin de prestar asistencia a los discapacitados del país, con fondos fiscales.
-$37.000. Al tipo de cambio actual, unos USD$60 mensuales. El costo de 2 pares de zapatos, o la mitad del gasto promedio en telefonía de una familia de ingresos medios.
-Respecto a la delimitación de las áreas de riesgo, a falta de un tratado específico en 1970, como el Tratado de Ottawa en la actualidad, debe aplicarse el criterio del buen juicio y la sana crítica, y aceptar que lo mencionado por la víctima se encuadra en este marco: no había ningún tipo de advertencia de riesgo o demarcación alguna, lo que se repite en todos los casos entrevistados.
José Miguel Larenas
JOSÉ MIGUEL LARENAS MAHN
He pasado los últimos 10 años de mi vida tratando de olvidar lo que ahora me toca recordar y mientras inicio este relato me preparo para revivir en mi interior todo lo que sucedió en diciembre de 1994, así como las innumerables historias de las que me fui haciendo actor mientras recuperaba la fortaleza y la salud para poder luchar de la mejor manera que un joven puede hacerlo.
EL ACCIDENTE
Tenía 18 años, era tan sólo un muchacho y había rendido recién la Prueba de Aptitud Académica.
Para celebrar la culminación de la enseñanza media decidimos con algunos amigos visitar los hermosos Géiseres del Tatio, ubicados al norte de San Pedro de Atacama, en la II Región de Chile. El real encanto del Tatio se aprecia cuando nace el Sol y los Géisers en ebullición dejan escapar con cierta furia sus aguas termales que vienen desde las entrañas de la Tierra. Es por esto que debimos partir desde Chuquicamata muy temprano en la madrugada para llegar al Tatio a ver el gran espectáculo. Sin embargo, el destino deparaba algo distinto para mi vida y la de mi familia.
Realizamos el viaje en dos camionetas con doble tracción y bien equipados para el viaje a la Cordillera de los Andes. Nuestra primera detención sería en San Pedro de Atacama a recargar combustible, pero la única estación de gasolina se encontraba cerrada y no abriría sino hasta las 7 u 8 de la mañana, por lo que decidimos ir a dormir al Valle de la Luna. Así, emprendimos el rumbo, yo guiaba en mi camioneta y atrás me seguía la otra, un tanto alejada para evitar la polvareda.
Al cabo de un rato, llegamos a la entrada del Valle de la Luna, que en ese entonces estaba demarcado con un letrero muy simple que rezaba “Valle de la Luna, Santuario de la Naturaleza”.
Este letrero se encontraba luego de una curva en descenso. Combinación que resultaba muy peligrosa, pues se perdía la adherencia de los neumáticos y el vehículo podía derrapar. Esto motivó nuestra intuición a pensar que el vehículo que atrás venía podría tener problemas, sin embargo seguimos adelante confiados en la buena ventura.
Nos internamos en el Valle de la Luna a baja velocidad, para así permitir que el vehículo que atrás venía nos diera alcance. Finalmente nos detuvimos a un costado del camino a esperarles. Pasado un rato, decidimos volver en su búsqueda.
Al llegar al lugar referido nos encontramos con lo que temíamos: mis amigos se habían volcado y la camioneta se encontraba a varios metros del camino alumbrando al cielo. Bajamos de la camioneta y con mucho cuidado ayudamos a los heridos. Luego los conduje a la posta de primeros auxilios de San Pedro de Atacama. Una vez ahí, el paramédico atendió a mis amigos y al cerciorarme que todo estaba bajo control llamé a Carabineros para reportar el accidente.
Carabineros me solicitó que les mostrara el lugar de los hechos, y así lo hice. Conduje nuevamente hasta el mentado Valle en búsqueda de la camioneta siniestrada. Los Carabineros revisaron el lugar, tomaron sus notas para la denuncia y cuando ya amaneció trataron de maniobrar para volcar nuevamente la camioneta y sacarla de ahí, pues si quedaba abandonada en ese lugar, probablemente sería desmantelada.
Debido a que el vehículo de Carabineros era de baja potencia, solicitaron mi ayuda para remolcarla. Debí decidir por dónde abandonar la ruta y abrirme paso por las dunas para llegar a la camioneta siniestrada. Cuando abandoné el camino sentí mucho temor, temor de otro accidente, pero este sentimiento era infundado, no había razones para pensar que algo malo podía suceder, por lo que quise ignorarle. Sin embargo recordé algo que me había dicho mi padre en reiteradas ocasiones: “no te salgas del camino, porque puede haber explosivos”.
Ya eran cerca de las 10 de la mañana cuando decidimos abandonar las maniobras, pues por más que tratábamos de remolcar la camioneta, ésta permanecía inmóvil. El vehículo de Carabineros se retiró con el personal y varios de mis amigos, quedando en el lugar el Carabinero Eduardo Lara, Claudio Aqueveque, uno de mis amigos, y yo.
Cuando el vehículo se alejaba de mi, yo le observaba con detención mientras sentía gran pánico, pues la frase de advertencia de mi padre se hizo más intensa en mi mente. Ese temor me hizo querer salir de ese lugar rápidamente para volver a la seguridad de mi hogar y decidí salir por la ruta más corta, que era una subida muy sinuosa, pero dada la potencia de mi vehículo decidí aventurarme en ella.
Iba subiendo lentamente cuando sentí que la camioneta ya no podía más, estaba empezando a deslizarse. Así que retrocedí para maniobrar en otra dirección y mi vida cambió para siempre.
…Todo estaba negro, era la oscuridad absoluta, sentía dentro de mí un grito eterno, un grito desgarrador, de esos que te parten el alma, de esos que no olvidas aunque hayan pasado ya 10 años.
No sabía que estaba pasando, ni por qué. Todo sucedió tan rápido.
En la oscuridad se deja ver una luz blanca, como las que describen las personas que han estado a punto de morir, y la observo en busca de ayuda, buscando una respuesta que me indicara lo que me estaba pasando.
Esa luz me abrazó y me sacó de entre las llamas que quemaban mi camioneta. Esa luz protegió mi cuerpo de las llamas y me transportó fuera de ella mientras yo inconscientemente sostenía mi brazo izquierdo, pues no hubo tiempo para reparar en el daño. De pronto la Luz empezó a disiparse y pude ver al Carabinero Eduardo Lara corriendo a mi encuentro. Me recibió en sus brazos y me alejó de la camioneta en llamas tan sólo unos metros y me dejó tendido en el desierto mientras sentía el calor del fuego en mi piel.
A pesar de que estaba enojado con Dios porque me había quitado a mi madre cuando era un niño, no hacía más que rezar y pedirle que no me abandonara, que no me dejara morir. Creo que nunca he rezado como lo hice esa mañana de diciembre cuando clamaba por mi vida que se escapaba con la sangre que manaba de mi brazo y era absorbida por el desierto seco que yacía caliente bajo el sol que lo quemaba ya cerca del medio día.
Aunque la estupidez humana quiso matarme, dejando ahí descuidadamente aquel proyectil que causó mi accidente, la bondad y la preparación de un hombre me salvaron la vida. El Carabinero Eduardo Lara me hizo un torniquete que logró controlar la hemorragia por más de una hora, el tiempo que debí esperar hasta que llegara ayuda y, luego, el tiempo de transporte hasta Chuquicamata.
Mientras pedía a gritos que calmaran mi dolor y que llegara mi papá a ayudarme le preguntaba furibundo a Dios por qué a mí, qué había hecho para merecer semejante castigo, semejante dolor.
Nunca quise mirar mi brazo ni antebrazo, pues estaban hechos jirones, estaba mutilado el tríceps y el codo había sido arrancado por una esquirla que destruyó todo a su paso separando en dos partes mi extremidad superior. A pesar de la magnitud del daño, una vez más Dios se hizo presente permitiéndome conservar la arteria principal que alimentaría de sangre y vida mi brazo y mi mano, posados sobre las arenas del Desierto de Atacama, a mi costado y a la altura de mi rodilla.
Por lo general, luego de un accidente de estas proporciones, se produce un estado de shock e insensibilidad, sin embargo, nunca perdí la conciencia, estuve lúcido cada segundo, cada minuto; tenía todo muy claro en mi mente, sabía que si desesperaba me moría, que debía permanecer los más quieto posible a pesar del dolor que me partía en dos. Mientras luchaba por contenerme, rezaba de manera extraña, de una manera que nunca lo había hecho y mantenía en mi mente la imagen de aquella cálida luz que me había envuelto y me había salvado de entre las llamas. Pensaba si eso podía ser físicamente posible, estaba dudando de lo que había vivido tan solo unos segundos atrás. Pero, ¿cómo negar lo que había pasado?, estaba todo destruido, era imposible que saliera por mis propios medios de entre esos aceros retorcidos y en llamas.
Cada vez que me movía sentía un dolor inmenso que me calaba el alma una y otra vez, ¡si hasta respirar era una tortura! Tortura eterna era esperar que llegara ayuda, ayuda que fue a buscar corriendo mi amigo Claudio Aqueveque quien enfiló rumbo a San Pedro de Atacama y a medio camino pudo dar aviso de lo sucedido.
Cerca de una hora más tarde llegó una camioneta, no una ambulancia, utilizaron el asiento trasero como camilla hechiza en la que me transportaron y me dejaron en la parte posterior. Lara se fue junto a mí y me daba aliento y decía que no iba a morir hoy.
En ese entonces el camino era de tierra y estaba lleno de hoyos y baches que me recordaban el dolor a cada instante, a ratos sentía que me iba a morir, pero de sufrimiento.
A mucho andar nos encontramos con una ambulancia que había sido enviada desde Chuquicamata para ir en auxilio de los primeros accidentados. Tras esta ambulancia iba otra camioneta que transportaba a todos los padres de los accidentados y un médico.
Al encontrarnos nos detuvimos para pedir ayuda, y gracias a la Providencia, subió el médico a examinarme.
Me hablaba con voz fuerte y clara para saber qué es lo que tenía. Descubrió mi brazo izquierdo que iba cubierto con unos harapos para protegerlo del sol que quemaba.
Mientras me examinaba el médico, sentí su voz familiar, no recuerdo por qué no podía verle, probablemente estaba cubierto por algo, sin embargo exclamé: “papá, ayúdame” Él solo respondió con voz baja: “Busquen al padre de este joven. Es grave”. Luego repliqué con fuerza. “Papá, soy yo”. Y descubrí mi rostro y vi el de él, observé sus ojos morir en un segundo, contemplé como la desesperación le inundó y el dolor que yo sentía en mi brazo se hizo de él en su alma. Hay muchos episodios de mi vida que nunca olvidaré, uno de ellos es el dolor que mi padre compartió conmigo en ese instante.
Me dijo que todo iba a estar bien, que debía estar tranquilo y ordenó con voz quebrada y fuerte a la vez que rápidamente nos fuéramos a Chuquicamata, no existía la posibilidad de cambiarme a la ambulancia debido a que moverme sería extremadamente peligroso.
Viajamos a Chuquicamata a toda velocidad, en cada salto sentía que mi brazo se separaba una vez más de mi. Mi papá sólo me apretaba con fuerza y me daba aliento para no desesperar aún más.
Al llegar al Hospital donde trabaja mi padre, me llevaron a la sala de urgencia donde me atenderían sus colegas, con quienes tenía un trato muy cercano. Aquí inició el segundo milagro, milagro que hizo Dios a través de las manos de todos los médicos que lucharon por salvar mi vida y mi brazo, especialmente los Doctores Mario Castillo, Jorge Grob y Roberto Sanhueza, quién sería también el principal actor en mi mejoría, en la ciudad de Santiago.
Fuera del pabellón quirúrgico se encontraba mi padre, mi hermana Lucía, mi polola, mi tío Tito y otras personas que rezaban por el milagro que empezó ese día y terminaría unos meses más tarde luego de mucho trabajo y esperanza. Mi padre envuelto en angustia, tristeza, rabia y desesperanza, al dar por sentado que perdería mi brazo quería que sus amigos y colegas le quitaran el de él para dármelo a mí, pues él no podía tener brazo si su hijo no lo tenía. Esto me lo contó mi hermana Lucía y cuando lo hizo me derrumbó volver a sentir el dolor que mi padre sentía por el mío.
Este es un capítulo de mi vida que quisiera nunca hubiera existido y por eso trato de no rememorarlo, sin embargo mi corazón siempre me lo recuerda, una y otra vez. Quizá uno de los momentos que más recuerdo es aquel cuando mi padre descubrió que el accidentado era yo. Lo recuerdo con mucha tristeza, no sólo porque estaba inundado de dolor, sino por el dolor que mi llanto le había causado, el dolor que los responsables de mi accidente le habían proferido sin siquiera saberlo y sin importarles el daño infligido. Siento que yo puedo cargar con mi cruz, pero no con la de mi padre y por eso hoy callo cuando las secuelas de mi accidente me quitan el sueño, cuando el dolor que siento en los huesos heridos de mi brazo comienzan a desbordar y llegan a mi carne que se contrae y no puedo hacer más que llorar en silencio y calmarme en soledad.
MI RECUPERACIÓN EN SANTIAGO
La próxima vez que abrí los ojos, me encontraba en una ambulancia que me llevaba al Aeropuerto de Calama para viajar a Santiago para continuar el tratamiento que salvaría la extremidad, pues mi vida había sido estabilizada lo suficiente como para enfrentar el largo viaje en un avión ambulancia que puso a nuestra disposición la Mutual de Seguridad gracias a la gran preocupación y solidaridad de muchos colegas de mi padre y muy especialmente del Dr. Antonio Maggiolo.
Llegué al Hospital del Trabajador para recibir las siguientes intervenciones en las que los Doctores Roberto Sanhueza, Miguel Vallejos y sus equipos hicieron sus mejores esfuerzos para que recuperara mi fortaleza y lo que quedaba de mi brazo.
Gran parte de mi estadía allí la pasé bajo el efecto de fuertes medicamentos que me impiden recordar todo, sin embargo existen episodios que sí recuerdo con alegría, aunque cuesta encontrar alegría en situaciones como ésta.
A pesar que el cuidado de los pacientes es realizado por enfermeras y asistentes de enfermería que tratan de cubrir todas las necesidades de los pacientes, tanto las físicas como las psicológicas, mi padre y mi hermana estuvieron conmigo durante toda mi permanencia en este Hospital. Mi padre durmió tirado en un sillón a un costado mío por casi un mes hasta que las enfermeras se compadecieron de él y le trajeron una cama para que durmiera un poco más cómodo. Él trataba de ayudarme en todo, me alimentaba y se ocupaba de mi aseo muchas veces. Siempre sentí su cariño en el cuidado que me otorgaba. Creo que no muchos enfermos pueden decir que su familia realmente les acompaña, pues miraba a mi lado y veía muchos enfermos solos, que recibían visitas que no imaginaban por lo que estaban pasando y probablemente poco se interesaban por ser compasivos. Después de más de un mes interno, cuando ya pude salir de mi habitación en silla de rueda, pude ver por los pasillos más historias de soledad y también algunas de compañía como la mía, pero eran las de menor cuantía. Esto es la triste muestra de una sociedad decadente que evita enfrentar los problemas y se ríe de ellos hasta que le toca y vive en carne propia el dolor que sembró. Realmente pienso que hoy soy quien soy en gran medida por mi padre, quien a pesar de vivir lejos está siempre en mi corazón.
EL REGRESO A CASA Y MIS INVESTIGACIONES
Luego de varios meses y más de 10 operaciones, pude regresar a mi casa en Chuquicamata. Regresé con lo que quedó de mi brazo montado en una estructura de acero que atravesaba la piel y mis músculos hasta llegar al hueso para atravesarlo y darle sostén, pues ya no había articulación ni hueso sano y debían soldarse .
Aquí pasé la mayor parte del tiempo tratando de olvidar lo que sucedía, pero sólo bastaban un par de horas para que las curaciones, que me hacían dos veces al día durante 9 meses, me lo recordaran como si hubiera ocurrido recién.
Debí aprender a luchar en contra de la impotencia y el rencor que sentía hacia los responsables de mi accidente y enfocarme en mi recuperación física y psicológica. Fue muy difícil, pero con la compañía de mi padre, que a veces fue muy duro conmigo con tal de salvarme, pude volver a caminar, pues con tal accidente no podía siquiera pensar en moverme de la cama y mis piernas no podían sostener mi peso.
De a poco fui dejando los fármacos que me mantenían ausente y así recobré mi mente y me puse a analizar qué había sucedido y por qué. Me preguntaba cómo era posible que existieran explosivos en el Valle de la Luna, un lugar turístico que es visitado por miles de personas de diversos lugares del mundo.
Tomé la decisión de emprender mi propia investigación e involucrarme en el proceso, pues poca fe tenía en el sistema judicial, a pesar de no haber recurrido a éste hasta ese año.
A pesar de que no podía manejar, pues tenía tutores que soportaban mi brazo izquierdo, me arriesgué a hacerlo y emprendí rumbo a los pueblos del interior en búsqueda de información.
Gran sorpresa fue la mía al encontrar que existían varios lesionados, e incluso muertos por municiones sin estallar o minas antipersonales. Eran todas personas de origen humilde que no se encontraban en posición de pensar en justicia. Todo lo que podían hacer era vivir su calvario en silencio, pues cualquier levantamiento de la voz pidiendo justicia podría ser severamente castigado, como había sucedido con las víctimas que habían “osado exigirla como si fuera un derecho”.
También pude observar que existía recelo para tratar el tema, si alguien me hablaba lo hacía en secreto y pedía por favor que su nombre no fuera revelado, pues podría traerle problemas. Si algo me abrió las puertas de las personas que habitan el interior de Calama, fueron las rondas que mi padre hizo por esos lares cuando recién empezó a trabajar en el Servicio de Salud de Calama. La gente le conocía por su trato siempre profesional, deferente e interesado en la persona, no en un número. Cuando pronunciaba mi nombre siempre preguntaban si era el hijo del Doctor y luego me invitaban a pasar y me ayudaban en todo lo que estaba a su alcance. Así como buscaba victimas, testimonios e información, también buscaba explosivos y encontré literalmente toneladas de ellos, gracias a la información de terceros que confiaron en mí para ayudar a limpiar nuestro suelo.
El mayor hallazgo fue en el sector de los Cerros El Abra, donde hoy se explota la mina del mismo nombre. Para lograr capturar esta información mis amigos y yo nos hicimos pasar por periodistas para que nos dejaran filmar el trabajo de encontrar y retirar los distintos tipos de explosivos bélicos que contaminaban el suelo. No podía creer que tan solo unos meses atrás, yo había surcado los cerros en mi moto junto a mi padre, mi hermana y varios amigos.
LAS DENUNCIAS
La información por si sola sirve de nada, debe ir acompañada de acción y de eso me he preocupado hasta hoy, denunciar para evitar más accidentes.
A medida que iba obteniendo resultados, me ocupé de informar a las autoridades competentes las conclusiones. Esto lo hice en estricto orden jerárquico, hasta llegar a la Presidencia de la República.
Debido al silencio reinante y a mi enorme deseo de detener este flagelo es que decidí acudir a instancias superiores. A través de Internet pude informar al Tribunal Internacional de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos.
Pasó algún tiempo de aquella denuncia, yo ya había entrado a estudiar Ingeniería en la Universidad Técnica Federico Santa María, cuando recibí correspondencia electrónica desde Estados Unidos, donde me invitaban a exponer la situación ya denunciada ante la asamblea de las Naciones Unidas, en Ginebra, Suiza, que se constituía en torno a la Convención de Ottawa.
Me armé de valor impulsado por mi padre, pues sentía algo de temor. Saldría de Chile por mi cuenta a contar lo que aquí estaba sucediendo y así lo hice.
Emprendí vuelo a Ginebra sin saber qué sucedería, con quienes hablaría, ni vislumbrar siquiera la magnitud de los acontecimientos que ahí sucederían.
Fui bien recibido por mis pares, que venían de muchas partes del mundo, como Bosnia y Herzegovina, Rusia, Estados Unidos, Camboya, Angola y Afganistán por nombrar algunos.
En general eran personas muy humildes, que tenían pocas oportunidades de alzar la voz, muchos eran campesinos, algunos soldados y sólo uno era ingeniero. Pero abrigaban esperanzas en relación a lo que las distintas misiones diplomáticas decidieran en la Reunión de Estados Parte de dicho Tratado.
El objetivo de nuestra presencia en la Reunión era que las misiones diplomáticas escucharan de nuestros labios lo que sucedía en cada país y que vieran con sus ojos el resultado de semejantes armas, que no distinguen entre tiempos de paz y de guerra, o entre un soldado y un niño.
Para lograr este cometido se hizo una gran ceremonia en la apertura de la reunión, estaban desde luego todas las misiones diplomáticas asociadas a la Convención de Ottawa, la prensa nacional e internacional, un centenar de niños suizos clamando paz a través de lienzos gigantes que descolgaban desde las paredes mientras se observaba en una pantalla a niños de todo el mundo diciendo en sus lenguajes nativos “no más minas”. El mensaje era simple pero conmovedor y hasta hoy le recuerdo.
En esta ceremonia cada uno de nosotros envió un mensaje al pleno denunciando lo que sucedía. Y así lo hice cuando correspondió mi turno.
Una vez finalizada la ceremonia, un integrante de la misión chilena se acercó y me solicitó que me reuniera con ellos. Los integrantes de la misión chilena se veían sorprendidos por la denuncia y se preguntaban porque no había expuesto el problema en Chile. Por otro lado se observaba el desconocimiento de la existencia de víctimas de minas antipersonales y municiones sin estallar.
GRUPO DE SOBREVIVIENTES DE MINAS Y MUNICIONES SIN ESTALLAR DE LAS AMÉRICAS (GSMMA)
Luego de mi primer viaje a las Naciones Unidas, quedé con la impresión que pese a que las misiones diplomáticas son representantes de los intereses de los gobiernos y por ello de las personas que los han elegido democráticamente, no avanzan necesariamente en la dirección esperada por las víctimas que son el principal motivo de la creación de la Convención de Ottawa y muchas veces su opinión no es tomada en cuenta para establecer las políticas de acción en este tema. Lo anterior sucede por la falta de puentes de comunicaciones eficaces y eficientes entre las partes.
Al año siguiente regresé a Suiza, esta vez al Centro Humanitario de Desminado de Ginebra donde se realizaría la reunión intersesional de la convención. Aquí me reuní con más sobrevivientes. Esta vez eran todos latinos, salvo un representante de Angola.
Quise aprovechar esta reunión para exponer a mis nuevos amigos lo que pensaba y lo que creía debíamos hacer, unirnos para aumentar nuestras fuerzas y hacernos escuchar en nuestros países e internacionalmente.
Allí trazamos las primeras líneas de lo que pronto sería GSMMA.
A mi regreso a Chile me puse a redactar mi primer proyecto con la ayuda de buenos amigos y grandes profesores de mi Universidad. El siguiente problema sería encontrar el financiamiento para empezar a operar una modesta página Web que sería el nexo de conexión entre todos los miembros de GSMMA dispersos por Latinoamérica.
Pasé bastante tiempo enviando cartas a todas las Embajadas en Santiago. También lo hice con empresas. Pero las respuestas, cuando existían, eran negativas.
Sin embargo en la siguiente reunión en Nicaragua aproveché la tribuna y me dirigí a la asamblea para hacerles saber mi parecer en relación a la falta de ayuda de todo tipo y especialmente financiera.
Por fortuna, a mi regreso a Chile encontré los resultados de ello y obtuve el financiamiento para nuestro Sitio Web que se hizo posible gracias a la ayuda de la Embajada de Canadá, que ha permanecido apoyándonos hasta el día de hoy.
Una vez que ya nos encontrábamos en el mundo digital, en la Universidad decidimos construir más proyectos en beneficio de las victimas. Para esto armamos un pequeño equipo de estudiantes de Ingeniería Civil Metalúrgica, Industrial y Comercial. Así creamos nuestra cartera de proyectos sociales la que requería de financiamiento 100% para poder funcionar.
Los proyectos construidos fueron: Prótesis para víctimas de minas antipersonales y municiones sin estallar; Libro educativo para niños; Expedición al Desierto de Atacama ...En Búsqueda de Víctimas de Minas Antipersonales y Municiones sin estallar”; Estudio exploratorio “Una Aproximación Al daño Psicosocial de Sobrevivientes de Minas antipersonales en Chile”; Gestión de Proyectos para miembros del GSMMA y “Concurso de Innovación Tecnológica para la detección y eliminación de minas antipersonales y municiones sin estallar”
De los anteriores, el más importante para nosotros siempre ha sido la adquisición de prótesis para victimas que no han recibido reparación alguna en décadas y que tienen prótesis en muy mal estado.
Las prótesis que actualmente utilizan muchas victimas civiles de la ciudad de Calama se encuentran en tan precarias condiciones que para poder ser utilizadas deben ser reparadas con trozos de goma, madera y alambres pues ellos no pueden pensar en costear la adquisición de una prótesis nueva, además, la esperanza de recibir ayuda del Estado ya se disipó hace bastante tiempo.
Nuestra cartera de proyectos fue enviada a todas las Embajadas con fondos concursables y a muchas empresas privadas. Recibimos respuesta solamente de algunas Embajadas que decidieron comprometerse con esta causa y especialmente con la difusión de este libro educativo. Por más que intentamos recaudar fondos para las prótesis, ha resultado difícil obtener esta ayuda humanitaria debido a que los fondos internacionales son focalizados en países con índices macroeconómicos por debajo de los que ostenta nuestro país. Con mucha suerte, insistencia y trabajo logramos reunir los fondos para la elaboración de este libro.
El Proceso Judicial
De mi proceso judicial puedo hablar muy poco, no me dan ganas de hacerlo, pues el desgaste psicológico que nos ha significado, a toda mi familia, ha sido altísimo.
En diciembre de 1994 interpusimos, una querella criminal en contra de quienes resultaran responsables, la que fue sobreseída unos años más tarde luego que el peritaje encontrara distintos elementos explosivos: 3 colas de proyectiles 106 mm con explosivo, 1 parte del cuerpo de un proyectil 105 mm con 180 gramos de TNT, 1 cola de cohete intalaza, 1 cuerpo de cohete intalaza descompuesto, 2 vasos de cola de una bomba 106mm, 13 vainillas 7,62 mm, 1 vainilla de señal luminosa calibre 26,5 mm, 3 cajas para 20 cartuchos 7,62 mm vacía.
Posteriormente entablamos una demanda civil en Concepción que no tuvo eco alguno, otra en Santiago y finalmente la última en Antofagasta. Realmente ha sido una seguidilla de acciones judiciales.
Ya han transcurrido 10 años y hemos avanzado muy poco en materia judicial, aunque cada día estamos más lejos del principio y más cerca del fin.
SEGUIREMOS BATALLANDO
Muchas veces me desaliento, pero remonto y sigo caminando con la esperanza de despertar una mañana en que recuerde el pasado como una pesadilla que ya ha terminado y no volverá.
Quiero ver a cada una de las personas que me acompañan en este libro con una pequeña sonrisa en el rostro, porque ahora pueden al menos caminar con una prótesis digna de quien ha perdido por mano del hombre lo que Dios le dio al nacer.
Quiero que aquellos que han visto morir a sus hijos, padres y hermanos, puedan descansar finalmente en paz, luego que la justicia ilumine el camino de la verdad.
Quiero mirar al futuro con la esperanza que los hombres comprenderemos que el camino del odio y el poder egoísta y expansionista solo conduce a la muerte y destrucción de todo lo que conocemos.
Quiero saber y sentir que a medida que transcurra el tiempo, los hombres cambiaran su forma de pensar y actuar, e iniciarán una nueva forma de luchar y encontraran motivos más valiosos por los que vivir y menos por los que morir, lo harán con sus corazones inundados en pasión y valentía, para que nuestros hijos puedan mañana disfrutar de vivir en Paz.
He pasado los últimos 10 años de mi vida tratando de olvidar lo que ahora me toca recordar y mientras inicio este relato me preparo para revivir en mi interior todo lo que sucedió en diciembre de 1994, así como las innumerables historias de las que me fui haciendo actor mientras recuperaba la fortaleza y la salud para poder luchar de la mejor manera que un joven puede hacerlo.
EL ACCIDENTE
Tenía 18 años, era tan sólo un muchacho y había rendido recién la Prueba de Aptitud Académica.
Para celebrar la culminación de la enseñanza media decidimos con algunos amigos visitar los hermosos Géiseres del Tatio, ubicados al norte de San Pedro de Atacama, en la II Región de Chile. El real encanto del Tatio se aprecia cuando nace el Sol y los Géisers en ebullición dejan escapar con cierta furia sus aguas termales que vienen desde las entrañas de la Tierra. Es por esto que debimos partir desde Chuquicamata muy temprano en la madrugada para llegar al Tatio a ver el gran espectáculo. Sin embargo, el destino deparaba algo distinto para mi vida y la de mi familia.
Realizamos el viaje en dos camionetas con doble tracción y bien equipados para el viaje a la Cordillera de los Andes. Nuestra primera detención sería en San Pedro de Atacama a recargar combustible, pero la única estación de gasolina se encontraba cerrada y no abriría sino hasta las 7 u 8 de la mañana, por lo que decidimos ir a dormir al Valle de la Luna. Así, emprendimos el rumbo, yo guiaba en mi camioneta y atrás me seguía la otra, un tanto alejada para evitar la polvareda.
Al cabo de un rato, llegamos a la entrada del Valle de la Luna, que en ese entonces estaba demarcado con un letrero muy simple que rezaba “Valle de la Luna, Santuario de la Naturaleza”.
Este letrero se encontraba luego de una curva en descenso. Combinación que resultaba muy peligrosa, pues se perdía la adherencia de los neumáticos y el vehículo podía derrapar. Esto motivó nuestra intuición a pensar que el vehículo que atrás venía podría tener problemas, sin embargo seguimos adelante confiados en la buena ventura.
Nos internamos en el Valle de la Luna a baja velocidad, para así permitir que el vehículo que atrás venía nos diera alcance. Finalmente nos detuvimos a un costado del camino a esperarles. Pasado un rato, decidimos volver en su búsqueda.
Al llegar al lugar referido nos encontramos con lo que temíamos: mis amigos se habían volcado y la camioneta se encontraba a varios metros del camino alumbrando al cielo. Bajamos de la camioneta y con mucho cuidado ayudamos a los heridos. Luego los conduje a la posta de primeros auxilios de San Pedro de Atacama. Una vez ahí, el paramédico atendió a mis amigos y al cerciorarme que todo estaba bajo control llamé a Carabineros para reportar el accidente.
Carabineros me solicitó que les mostrara el lugar de los hechos, y así lo hice. Conduje nuevamente hasta el mentado Valle en búsqueda de la camioneta siniestrada. Los Carabineros revisaron el lugar, tomaron sus notas para la denuncia y cuando ya amaneció trataron de maniobrar para volcar nuevamente la camioneta y sacarla de ahí, pues si quedaba abandonada en ese lugar, probablemente sería desmantelada.
Debido a que el vehículo de Carabineros era de baja potencia, solicitaron mi ayuda para remolcarla. Debí decidir por dónde abandonar la ruta y abrirme paso por las dunas para llegar a la camioneta siniestrada. Cuando abandoné el camino sentí mucho temor, temor de otro accidente, pero este sentimiento era infundado, no había razones para pensar que algo malo podía suceder, por lo que quise ignorarle. Sin embargo recordé algo que me había dicho mi padre en reiteradas ocasiones: “no te salgas del camino, porque puede haber explosivos”.
Ya eran cerca de las 10 de la mañana cuando decidimos abandonar las maniobras, pues por más que tratábamos de remolcar la camioneta, ésta permanecía inmóvil. El vehículo de Carabineros se retiró con el personal y varios de mis amigos, quedando en el lugar el Carabinero Eduardo Lara, Claudio Aqueveque, uno de mis amigos, y yo.
Cuando el vehículo se alejaba de mi, yo le observaba con detención mientras sentía gran pánico, pues la frase de advertencia de mi padre se hizo más intensa en mi mente. Ese temor me hizo querer salir de ese lugar rápidamente para volver a la seguridad de mi hogar y decidí salir por la ruta más corta, que era una subida muy sinuosa, pero dada la potencia de mi vehículo decidí aventurarme en ella.
Iba subiendo lentamente cuando sentí que la camioneta ya no podía más, estaba empezando a deslizarse. Así que retrocedí para maniobrar en otra dirección y mi vida cambió para siempre.
…Todo estaba negro, era la oscuridad absoluta, sentía dentro de mí un grito eterno, un grito desgarrador, de esos que te parten el alma, de esos que no olvidas aunque hayan pasado ya 10 años.
No sabía que estaba pasando, ni por qué. Todo sucedió tan rápido.
En la oscuridad se deja ver una luz blanca, como las que describen las personas que han estado a punto de morir, y la observo en busca de ayuda, buscando una respuesta que me indicara lo que me estaba pasando.
Esa luz me abrazó y me sacó de entre las llamas que quemaban mi camioneta. Esa luz protegió mi cuerpo de las llamas y me transportó fuera de ella mientras yo inconscientemente sostenía mi brazo izquierdo, pues no hubo tiempo para reparar en el daño. De pronto la Luz empezó a disiparse y pude ver al Carabinero Eduardo Lara corriendo a mi encuentro. Me recibió en sus brazos y me alejó de la camioneta en llamas tan sólo unos metros y me dejó tendido en el desierto mientras sentía el calor del fuego en mi piel.
A pesar de que estaba enojado con Dios porque me había quitado a mi madre cuando era un niño, no hacía más que rezar y pedirle que no me abandonara, que no me dejara morir. Creo que nunca he rezado como lo hice esa mañana de diciembre cuando clamaba por mi vida que se escapaba con la sangre que manaba de mi brazo y era absorbida por el desierto seco que yacía caliente bajo el sol que lo quemaba ya cerca del medio día.
Aunque la estupidez humana quiso matarme, dejando ahí descuidadamente aquel proyectil que causó mi accidente, la bondad y la preparación de un hombre me salvaron la vida. El Carabinero Eduardo Lara me hizo un torniquete que logró controlar la hemorragia por más de una hora, el tiempo que debí esperar hasta que llegara ayuda y, luego, el tiempo de transporte hasta Chuquicamata.
Mientras pedía a gritos que calmaran mi dolor y que llegara mi papá a ayudarme le preguntaba furibundo a Dios por qué a mí, qué había hecho para merecer semejante castigo, semejante dolor.
Nunca quise mirar mi brazo ni antebrazo, pues estaban hechos jirones, estaba mutilado el tríceps y el codo había sido arrancado por una esquirla que destruyó todo a su paso separando en dos partes mi extremidad superior. A pesar de la magnitud del daño, una vez más Dios se hizo presente permitiéndome conservar la arteria principal que alimentaría de sangre y vida mi brazo y mi mano, posados sobre las arenas del Desierto de Atacama, a mi costado y a la altura de mi rodilla.
Por lo general, luego de un accidente de estas proporciones, se produce un estado de shock e insensibilidad, sin embargo, nunca perdí la conciencia, estuve lúcido cada segundo, cada minuto; tenía todo muy claro en mi mente, sabía que si desesperaba me moría, que debía permanecer los más quieto posible a pesar del dolor que me partía en dos. Mientras luchaba por contenerme, rezaba de manera extraña, de una manera que nunca lo había hecho y mantenía en mi mente la imagen de aquella cálida luz que me había envuelto y me había salvado de entre las llamas. Pensaba si eso podía ser físicamente posible, estaba dudando de lo que había vivido tan solo unos segundos atrás. Pero, ¿cómo negar lo que había pasado?, estaba todo destruido, era imposible que saliera por mis propios medios de entre esos aceros retorcidos y en llamas.
Cada vez que me movía sentía un dolor inmenso que me calaba el alma una y otra vez, ¡si hasta respirar era una tortura! Tortura eterna era esperar que llegara ayuda, ayuda que fue a buscar corriendo mi amigo Claudio Aqueveque quien enfiló rumbo a San Pedro de Atacama y a medio camino pudo dar aviso de lo sucedido.
Cerca de una hora más tarde llegó una camioneta, no una ambulancia, utilizaron el asiento trasero como camilla hechiza en la que me transportaron y me dejaron en la parte posterior. Lara se fue junto a mí y me daba aliento y decía que no iba a morir hoy.
En ese entonces el camino era de tierra y estaba lleno de hoyos y baches que me recordaban el dolor a cada instante, a ratos sentía que me iba a morir, pero de sufrimiento.
A mucho andar nos encontramos con una ambulancia que había sido enviada desde Chuquicamata para ir en auxilio de los primeros accidentados. Tras esta ambulancia iba otra camioneta que transportaba a todos los padres de los accidentados y un médico.
Al encontrarnos nos detuvimos para pedir ayuda, y gracias a la Providencia, subió el médico a examinarme.
Me hablaba con voz fuerte y clara para saber qué es lo que tenía. Descubrió mi brazo izquierdo que iba cubierto con unos harapos para protegerlo del sol que quemaba.
Mientras me examinaba el médico, sentí su voz familiar, no recuerdo por qué no podía verle, probablemente estaba cubierto por algo, sin embargo exclamé: “papá, ayúdame” Él solo respondió con voz baja: “Busquen al padre de este joven. Es grave”. Luego repliqué con fuerza. “Papá, soy yo”. Y descubrí mi rostro y vi el de él, observé sus ojos morir en un segundo, contemplé como la desesperación le inundó y el dolor que yo sentía en mi brazo se hizo de él en su alma. Hay muchos episodios de mi vida que nunca olvidaré, uno de ellos es el dolor que mi padre compartió conmigo en ese instante.
Me dijo que todo iba a estar bien, que debía estar tranquilo y ordenó con voz quebrada y fuerte a la vez que rápidamente nos fuéramos a Chuquicamata, no existía la posibilidad de cambiarme a la ambulancia debido a que moverme sería extremadamente peligroso.
Viajamos a Chuquicamata a toda velocidad, en cada salto sentía que mi brazo se separaba una vez más de mi. Mi papá sólo me apretaba con fuerza y me daba aliento para no desesperar aún más.
Al llegar al Hospital donde trabaja mi padre, me llevaron a la sala de urgencia donde me atenderían sus colegas, con quienes tenía un trato muy cercano. Aquí inició el segundo milagro, milagro que hizo Dios a través de las manos de todos los médicos que lucharon por salvar mi vida y mi brazo, especialmente los Doctores Mario Castillo, Jorge Grob y Roberto Sanhueza, quién sería también el principal actor en mi mejoría, en la ciudad de Santiago.
Fuera del pabellón quirúrgico se encontraba mi padre, mi hermana Lucía, mi polola, mi tío Tito y otras personas que rezaban por el milagro que empezó ese día y terminaría unos meses más tarde luego de mucho trabajo y esperanza. Mi padre envuelto en angustia, tristeza, rabia y desesperanza, al dar por sentado que perdería mi brazo quería que sus amigos y colegas le quitaran el de él para dármelo a mí, pues él no podía tener brazo si su hijo no lo tenía. Esto me lo contó mi hermana Lucía y cuando lo hizo me derrumbó volver a sentir el dolor que mi padre sentía por el mío.
Este es un capítulo de mi vida que quisiera nunca hubiera existido y por eso trato de no rememorarlo, sin embargo mi corazón siempre me lo recuerda, una y otra vez. Quizá uno de los momentos que más recuerdo es aquel cuando mi padre descubrió que el accidentado era yo. Lo recuerdo con mucha tristeza, no sólo porque estaba inundado de dolor, sino por el dolor que mi llanto le había causado, el dolor que los responsables de mi accidente le habían proferido sin siquiera saberlo y sin importarles el daño infligido. Siento que yo puedo cargar con mi cruz, pero no con la de mi padre y por eso hoy callo cuando las secuelas de mi accidente me quitan el sueño, cuando el dolor que siento en los huesos heridos de mi brazo comienzan a desbordar y llegan a mi carne que se contrae y no puedo hacer más que llorar en silencio y calmarme en soledad.
MI RECUPERACIÓN EN SANTIAGO
La próxima vez que abrí los ojos, me encontraba en una ambulancia que me llevaba al Aeropuerto de Calama para viajar a Santiago para continuar el tratamiento que salvaría la extremidad, pues mi vida había sido estabilizada lo suficiente como para enfrentar el largo viaje en un avión ambulancia que puso a nuestra disposición la Mutual de Seguridad gracias a la gran preocupación y solidaridad de muchos colegas de mi padre y muy especialmente del Dr. Antonio Maggiolo.
Llegué al Hospital del Trabajador para recibir las siguientes intervenciones en las que los Doctores Roberto Sanhueza, Miguel Vallejos y sus equipos hicieron sus mejores esfuerzos para que recuperara mi fortaleza y lo que quedaba de mi brazo.
Gran parte de mi estadía allí la pasé bajo el efecto de fuertes medicamentos que me impiden recordar todo, sin embargo existen episodios que sí recuerdo con alegría, aunque cuesta encontrar alegría en situaciones como ésta.
A pesar que el cuidado de los pacientes es realizado por enfermeras y asistentes de enfermería que tratan de cubrir todas las necesidades de los pacientes, tanto las físicas como las psicológicas, mi padre y mi hermana estuvieron conmigo durante toda mi permanencia en este Hospital. Mi padre durmió tirado en un sillón a un costado mío por casi un mes hasta que las enfermeras se compadecieron de él y le trajeron una cama para que durmiera un poco más cómodo. Él trataba de ayudarme en todo, me alimentaba y se ocupaba de mi aseo muchas veces. Siempre sentí su cariño en el cuidado que me otorgaba. Creo que no muchos enfermos pueden decir que su familia realmente les acompaña, pues miraba a mi lado y veía muchos enfermos solos, que recibían visitas que no imaginaban por lo que estaban pasando y probablemente poco se interesaban por ser compasivos. Después de más de un mes interno, cuando ya pude salir de mi habitación en silla de rueda, pude ver por los pasillos más historias de soledad y también algunas de compañía como la mía, pero eran las de menor cuantía. Esto es la triste muestra de una sociedad decadente que evita enfrentar los problemas y se ríe de ellos hasta que le toca y vive en carne propia el dolor que sembró. Realmente pienso que hoy soy quien soy en gran medida por mi padre, quien a pesar de vivir lejos está siempre en mi corazón.
EL REGRESO A CASA Y MIS INVESTIGACIONES
Luego de varios meses y más de 10 operaciones, pude regresar a mi casa en Chuquicamata. Regresé con lo que quedó de mi brazo montado en una estructura de acero que atravesaba la piel y mis músculos hasta llegar al hueso para atravesarlo y darle sostén, pues ya no había articulación ni hueso sano y debían soldarse .
Aquí pasé la mayor parte del tiempo tratando de olvidar lo que sucedía, pero sólo bastaban un par de horas para que las curaciones, que me hacían dos veces al día durante 9 meses, me lo recordaran como si hubiera ocurrido recién.
Debí aprender a luchar en contra de la impotencia y el rencor que sentía hacia los responsables de mi accidente y enfocarme en mi recuperación física y psicológica. Fue muy difícil, pero con la compañía de mi padre, que a veces fue muy duro conmigo con tal de salvarme, pude volver a caminar, pues con tal accidente no podía siquiera pensar en moverme de la cama y mis piernas no podían sostener mi peso.
De a poco fui dejando los fármacos que me mantenían ausente y así recobré mi mente y me puse a analizar qué había sucedido y por qué. Me preguntaba cómo era posible que existieran explosivos en el Valle de la Luna, un lugar turístico que es visitado por miles de personas de diversos lugares del mundo.
Tomé la decisión de emprender mi propia investigación e involucrarme en el proceso, pues poca fe tenía en el sistema judicial, a pesar de no haber recurrido a éste hasta ese año.
A pesar de que no podía manejar, pues tenía tutores que soportaban mi brazo izquierdo, me arriesgué a hacerlo y emprendí rumbo a los pueblos del interior en búsqueda de información.
Gran sorpresa fue la mía al encontrar que existían varios lesionados, e incluso muertos por municiones sin estallar o minas antipersonales. Eran todas personas de origen humilde que no se encontraban en posición de pensar en justicia. Todo lo que podían hacer era vivir su calvario en silencio, pues cualquier levantamiento de la voz pidiendo justicia podría ser severamente castigado, como había sucedido con las víctimas que habían “osado exigirla como si fuera un derecho”.
También pude observar que existía recelo para tratar el tema, si alguien me hablaba lo hacía en secreto y pedía por favor que su nombre no fuera revelado, pues podría traerle problemas. Si algo me abrió las puertas de las personas que habitan el interior de Calama, fueron las rondas que mi padre hizo por esos lares cuando recién empezó a trabajar en el Servicio de Salud de Calama. La gente le conocía por su trato siempre profesional, deferente e interesado en la persona, no en un número. Cuando pronunciaba mi nombre siempre preguntaban si era el hijo del Doctor y luego me invitaban a pasar y me ayudaban en todo lo que estaba a su alcance. Así como buscaba victimas, testimonios e información, también buscaba explosivos y encontré literalmente toneladas de ellos, gracias a la información de terceros que confiaron en mí para ayudar a limpiar nuestro suelo.
El mayor hallazgo fue en el sector de los Cerros El Abra, donde hoy se explota la mina del mismo nombre. Para lograr capturar esta información mis amigos y yo nos hicimos pasar por periodistas para que nos dejaran filmar el trabajo de encontrar y retirar los distintos tipos de explosivos bélicos que contaminaban el suelo. No podía creer que tan solo unos meses atrás, yo había surcado los cerros en mi moto junto a mi padre, mi hermana y varios amigos.
LAS DENUNCIAS
La información por si sola sirve de nada, debe ir acompañada de acción y de eso me he preocupado hasta hoy, denunciar para evitar más accidentes.
A medida que iba obteniendo resultados, me ocupé de informar a las autoridades competentes las conclusiones. Esto lo hice en estricto orden jerárquico, hasta llegar a la Presidencia de la República.
Debido al silencio reinante y a mi enorme deseo de detener este flagelo es que decidí acudir a instancias superiores. A través de Internet pude informar al Tribunal Internacional de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos.
Pasó algún tiempo de aquella denuncia, yo ya había entrado a estudiar Ingeniería en la Universidad Técnica Federico Santa María, cuando recibí correspondencia electrónica desde Estados Unidos, donde me invitaban a exponer la situación ya denunciada ante la asamblea de las Naciones Unidas, en Ginebra, Suiza, que se constituía en torno a la Convención de Ottawa.
Me armé de valor impulsado por mi padre, pues sentía algo de temor. Saldría de Chile por mi cuenta a contar lo que aquí estaba sucediendo y así lo hice.
Emprendí vuelo a Ginebra sin saber qué sucedería, con quienes hablaría, ni vislumbrar siquiera la magnitud de los acontecimientos que ahí sucederían.
Fui bien recibido por mis pares, que venían de muchas partes del mundo, como Bosnia y Herzegovina, Rusia, Estados Unidos, Camboya, Angola y Afganistán por nombrar algunos.
En general eran personas muy humildes, que tenían pocas oportunidades de alzar la voz, muchos eran campesinos, algunos soldados y sólo uno era ingeniero. Pero abrigaban esperanzas en relación a lo que las distintas misiones diplomáticas decidieran en la Reunión de Estados Parte de dicho Tratado.
El objetivo de nuestra presencia en la Reunión era que las misiones diplomáticas escucharan de nuestros labios lo que sucedía en cada país y que vieran con sus ojos el resultado de semejantes armas, que no distinguen entre tiempos de paz y de guerra, o entre un soldado y un niño.
Para lograr este cometido se hizo una gran ceremonia en la apertura de la reunión, estaban desde luego todas las misiones diplomáticas asociadas a la Convención de Ottawa, la prensa nacional e internacional, un centenar de niños suizos clamando paz a través de lienzos gigantes que descolgaban desde las paredes mientras se observaba en una pantalla a niños de todo el mundo diciendo en sus lenguajes nativos “no más minas”. El mensaje era simple pero conmovedor y hasta hoy le recuerdo.
En esta ceremonia cada uno de nosotros envió un mensaje al pleno denunciando lo que sucedía. Y así lo hice cuando correspondió mi turno.
Una vez finalizada la ceremonia, un integrante de la misión chilena se acercó y me solicitó que me reuniera con ellos. Los integrantes de la misión chilena se veían sorprendidos por la denuncia y se preguntaban porque no había expuesto el problema en Chile. Por otro lado se observaba el desconocimiento de la existencia de víctimas de minas antipersonales y municiones sin estallar.
GRUPO DE SOBREVIVIENTES DE MINAS Y MUNICIONES SIN ESTALLAR DE LAS AMÉRICAS (GSMMA)
Luego de mi primer viaje a las Naciones Unidas, quedé con la impresión que pese a que las misiones diplomáticas son representantes de los intereses de los gobiernos y por ello de las personas que los han elegido democráticamente, no avanzan necesariamente en la dirección esperada por las víctimas que son el principal motivo de la creación de la Convención de Ottawa y muchas veces su opinión no es tomada en cuenta para establecer las políticas de acción en este tema. Lo anterior sucede por la falta de puentes de comunicaciones eficaces y eficientes entre las partes.
Al año siguiente regresé a Suiza, esta vez al Centro Humanitario de Desminado de Ginebra donde se realizaría la reunión intersesional de la convención. Aquí me reuní con más sobrevivientes. Esta vez eran todos latinos, salvo un representante de Angola.
Quise aprovechar esta reunión para exponer a mis nuevos amigos lo que pensaba y lo que creía debíamos hacer, unirnos para aumentar nuestras fuerzas y hacernos escuchar en nuestros países e internacionalmente.
Allí trazamos las primeras líneas de lo que pronto sería GSMMA.
A mi regreso a Chile me puse a redactar mi primer proyecto con la ayuda de buenos amigos y grandes profesores de mi Universidad. El siguiente problema sería encontrar el financiamiento para empezar a operar una modesta página Web que sería el nexo de conexión entre todos los miembros de GSMMA dispersos por Latinoamérica.
Pasé bastante tiempo enviando cartas a todas las Embajadas en Santiago. También lo hice con empresas. Pero las respuestas, cuando existían, eran negativas.
Sin embargo en la siguiente reunión en Nicaragua aproveché la tribuna y me dirigí a la asamblea para hacerles saber mi parecer en relación a la falta de ayuda de todo tipo y especialmente financiera.
Por fortuna, a mi regreso a Chile encontré los resultados de ello y obtuve el financiamiento para nuestro Sitio Web que se hizo posible gracias a la ayuda de la Embajada de Canadá, que ha permanecido apoyándonos hasta el día de hoy.
Una vez que ya nos encontrábamos en el mundo digital, en la Universidad decidimos construir más proyectos en beneficio de las victimas. Para esto armamos un pequeño equipo de estudiantes de Ingeniería Civil Metalúrgica, Industrial y Comercial. Así creamos nuestra cartera de proyectos sociales la que requería de financiamiento 100% para poder funcionar.
Los proyectos construidos fueron: Prótesis para víctimas de minas antipersonales y municiones sin estallar; Libro educativo para niños; Expedición al Desierto de Atacama ...En Búsqueda de Víctimas de Minas Antipersonales y Municiones sin estallar”; Estudio exploratorio “Una Aproximación Al daño Psicosocial de Sobrevivientes de Minas antipersonales en Chile”; Gestión de Proyectos para miembros del GSMMA y “Concurso de Innovación Tecnológica para la detección y eliminación de minas antipersonales y municiones sin estallar”
De los anteriores, el más importante para nosotros siempre ha sido la adquisición de prótesis para victimas que no han recibido reparación alguna en décadas y que tienen prótesis en muy mal estado.
Las prótesis que actualmente utilizan muchas victimas civiles de la ciudad de Calama se encuentran en tan precarias condiciones que para poder ser utilizadas deben ser reparadas con trozos de goma, madera y alambres pues ellos no pueden pensar en costear la adquisición de una prótesis nueva, además, la esperanza de recibir ayuda del Estado ya se disipó hace bastante tiempo.
Nuestra cartera de proyectos fue enviada a todas las Embajadas con fondos concursables y a muchas empresas privadas. Recibimos respuesta solamente de algunas Embajadas que decidieron comprometerse con esta causa y especialmente con la difusión de este libro educativo. Por más que intentamos recaudar fondos para las prótesis, ha resultado difícil obtener esta ayuda humanitaria debido a que los fondos internacionales son focalizados en países con índices macroeconómicos por debajo de los que ostenta nuestro país. Con mucha suerte, insistencia y trabajo logramos reunir los fondos para la elaboración de este libro.
El Proceso Judicial
De mi proceso judicial puedo hablar muy poco, no me dan ganas de hacerlo, pues el desgaste psicológico que nos ha significado, a toda mi familia, ha sido altísimo.
En diciembre de 1994 interpusimos, una querella criminal en contra de quienes resultaran responsables, la que fue sobreseída unos años más tarde luego que el peritaje encontrara distintos elementos explosivos: 3 colas de proyectiles 106 mm con explosivo, 1 parte del cuerpo de un proyectil 105 mm con 180 gramos de TNT, 1 cola de cohete intalaza, 1 cuerpo de cohete intalaza descompuesto, 2 vasos de cola de una bomba 106mm, 13 vainillas 7,62 mm, 1 vainilla de señal luminosa calibre 26,5 mm, 3 cajas para 20 cartuchos 7,62 mm vacía.
Posteriormente entablamos una demanda civil en Concepción que no tuvo eco alguno, otra en Santiago y finalmente la última en Antofagasta. Realmente ha sido una seguidilla de acciones judiciales.
Ya han transcurrido 10 años y hemos avanzado muy poco en materia judicial, aunque cada día estamos más lejos del principio y más cerca del fin.
SEGUIREMOS BATALLANDO
Muchas veces me desaliento, pero remonto y sigo caminando con la esperanza de despertar una mañana en que recuerde el pasado como una pesadilla que ya ha terminado y no volverá.
Quiero ver a cada una de las personas que me acompañan en este libro con una pequeña sonrisa en el rostro, porque ahora pueden al menos caminar con una prótesis digna de quien ha perdido por mano del hombre lo que Dios le dio al nacer.
Quiero que aquellos que han visto morir a sus hijos, padres y hermanos, puedan descansar finalmente en paz, luego que la justicia ilumine el camino de la verdad.
Quiero mirar al futuro con la esperanza que los hombres comprenderemos que el camino del odio y el poder egoísta y expansionista solo conduce a la muerte y destrucción de todo lo que conocemos.
Quiero saber y sentir que a medida que transcurra el tiempo, los hombres cambiaran su forma de pensar y actuar, e iniciarán una nueva forma de luchar y encontraran motivos más valiosos por los que vivir y menos por los que morir, lo harán con sus corazones inundados en pasión y valentía, para que nuestros hijos puedan mañana disfrutar de vivir en Paz.
Juan Copa Cruz
Mi nombre es Juan Bautista Copa Cruz. Nací el 24 de junio de 1929. Tengo cinco hijos, y una nieta.
Sufrí un accidente el 19 de enero de 1986, en el Llano de la Paciencia, antes de llegar al Valle de la Luna, por donde ahora pasan los gasoductos, cerca del camino antiguo a San Pedro de Atacama.
Recuerdo que un compañero y yo andábamos recolectando leña, como a las 10:30 de la mañana, y él encontró un aparato que parecía un tarro de conserva, pero era una mina antipersonal. Por travesura, seguramente, ya que no conocíamos esas cosas, me dijo: ¡toma!, y me la tiró. Cuando yo la recibí, se me cayó de las manos y reventó, y me destrozó las dos manos, me abrió el tórax y me hizo perder un ojo. Le dije a mi compañero que fuera a San Pedro de Atacama, donde vivíamos, a buscar ayuda, mientras yo me quedaba allí en el suelo, cubierto por una carretilla para cubrirme del sol, que en ese lugar pega muy fuerte, hace mucho calor. Se demoró en volver hasta las 14 horas con ayuda. Yo creo que Dios me salvó. Lo creo porque yo le pedí que me salvara y así sucedió. Volvió con Carabineros, claro que yo no los veía porque estaba ciego. A él lo querían dejar detenido porque creían que nosotros teníamos explosivos. Me subieron a un vehículo y me llevaron al Hospital de Calama, donde el doctor Maggiolo me hizo aseo de mis heridas y en la noche me enviaron a Antofagasta para que terminaran el tratamiento. En los momentos en que yo escuchaba o entendía lo que decían cerca de mí, me di cuenta que los militares decían que me dejaran así no más, que no me hicieran tratamiento, que me dejaran morir, porque creían que nosotros teníamos explosivos, que éramos terroristas o algo así, o que estábamos robando las minas. Querían que me muriera no más. En Antofagasta había un pelotón vigilándome. ¡Qué iba a hacer yo así como estaba!
Estuve seis meses en el hospital, porque no me cerraba la herida del tórax, y después me mandaron a Calama de vuelta y me empezaron a hacer ejercicios para poder usar los brazos. Después me entregaron unos ganchos, gracias a la Teletón, para ponerme en los muñones, que se mueven con unos tirantes que pasan por la espalda, pero casi no los uso porque son muy incómodos y me sirven de poco, así es que me he acostumbrado a arreglármelas así no más para hacer mis cosas. Yo antes del accidente trabajaba como carpintero, ponía ventanas, puertas, hacía muebles, y de alguna manera me las he arreglado para hacer algunos trabajos para ganar algo. Así como estoy, hago algunos muebles, hasta me hice una casita. Como los ganchos no me sirven, tengo que hacerle adaptaciones a las herramientas, le agrando el hoyo al mango del serrucho para moverlo con el brazo, y así puedo hacer algunas cositas. Pero ya no me dan trabajo en ninguna parte. Quien le va a dar trabajo a uno sin manos, sin un ojo y medio sordo. Yo no me hecho a morir, y hasta ahora he hecho lo que he podido. Lo único que he recibido es una pensión de invalidez que es de $80.000, y con eso no vive ni una persona sola.
Además, yo ya estoy viejo, tengo setenta y seis años. Imagínese que a los viejos en este país, aunque estén sanos, no les dan trabajo, qué me van a dar a mí. Así es que me las he arreglado de una manera u otra para sobrevivir. Yo no me hecho a morir y me las arreglo. Al principio, no tenía ganas de vivir, pero después me recuperé. Me he acostumbrado a vivir sin manos, y mi familia también, me ven como si las tuviera.
Después de que sucedió el accidente, quisieron echarme la culpa a mí, más encima, pero yo no fui culpable de nada. ¡Qué culpa iba a tener, si no había un letrero, una señal, una alambrada, nada que nos dijera que había minas por ahí.!
Yo, por mi parte, no creo en la justicia. Hubo una abogada que ahora vive en Antofagasta que había empezado a hacer una querella, pero luego tuvo que abandonarla.
Parece que le dijeron que no siguiera, la esperaron cerca de Sierra Gorda y le detuvieron el vehículo para decirle que no hiciera nada más, y ahí quedó todo, dijo que no podía seguir.
Así es que la justicia no ha funcionado en mi caso, nadie ha hecho nada en ese aspecto, ni siquiera pude encontrar un abogado que se hiciera cargo. Como yo no tenía ni tengo medios económicos, nadie se interesó.
Pero no tengo rencor con nadie. Ni siquiera pienso en el castigo que merecen los culpables. Simplemente he aceptado lo que me pasó sin preguntarme porqué.
Si alguien quisiera realmente hacer justicia, yo sólo me conformaría con que me entregaran una pensión que me permita vivir tranquilo los últimos días que me quedan. Ya tengo setenta y seis años, y uno no es eterno…
Bueno, he contado esto porque me dijo José Miguel que iba a servir para que otras personas, sobre todo los niños, sepan que pueden encontrarse con estas cosas, con minas, que los pueden hacer pedazos. Ojalá que sirva para salvar a alguien, para que no las tomen si las encuentran. Hay que decirles a los niños, que son curiosos por naturaleza, que no tomen las minas y otras cosas que dejan botadas por ahí los militares cuando hacen sus ejercicios, para que no les pase como a mí.
Como a mí, que perdí una parte del pecho, un ojo, la audición.
Y mis dos manos.
N. del E.
- Es extraordinariamente llamativa la actitud de don Juan Copa ante lo que le ha sucedido. Acepta lo que le sucedió, sin duda responsabilidad del Ejército y del Estado de Chile, como sólo un hito más en su vida. Ni siquiera menciona que ello ha sido un crimen en su contra. Transmite una mansedumbre infinita y una resignación absoluta, que no dejan lugar a rencor alguno en su gesto o en su voz, ni en su postura ante su propia desgracia.
-Teletón. Obra filantrópica de iniciativa privada, no estatal, sustentada por los aportes voluntarios que millones de chilenos hacen una vez por año, con la finalidad de otorgar rehabilitación a discapacitados infantiles.
Sufrí un accidente el 19 de enero de 1986, en el Llano de la Paciencia, antes de llegar al Valle de la Luna, por donde ahora pasan los gasoductos, cerca del camino antiguo a San Pedro de Atacama.
Recuerdo que un compañero y yo andábamos recolectando leña, como a las 10:30 de la mañana, y él encontró un aparato que parecía un tarro de conserva, pero era una mina antipersonal. Por travesura, seguramente, ya que no conocíamos esas cosas, me dijo: ¡toma!, y me la tiró. Cuando yo la recibí, se me cayó de las manos y reventó, y me destrozó las dos manos, me abrió el tórax y me hizo perder un ojo. Le dije a mi compañero que fuera a San Pedro de Atacama, donde vivíamos, a buscar ayuda, mientras yo me quedaba allí en el suelo, cubierto por una carretilla para cubrirme del sol, que en ese lugar pega muy fuerte, hace mucho calor. Se demoró en volver hasta las 14 horas con ayuda. Yo creo que Dios me salvó. Lo creo porque yo le pedí que me salvara y así sucedió. Volvió con Carabineros, claro que yo no los veía porque estaba ciego. A él lo querían dejar detenido porque creían que nosotros teníamos explosivos. Me subieron a un vehículo y me llevaron al Hospital de Calama, donde el doctor Maggiolo me hizo aseo de mis heridas y en la noche me enviaron a Antofagasta para que terminaran el tratamiento. En los momentos en que yo escuchaba o entendía lo que decían cerca de mí, me di cuenta que los militares decían que me dejaran así no más, que no me hicieran tratamiento, que me dejaran morir, porque creían que nosotros teníamos explosivos, que éramos terroristas o algo así, o que estábamos robando las minas. Querían que me muriera no más. En Antofagasta había un pelotón vigilándome. ¡Qué iba a hacer yo así como estaba!
Estuve seis meses en el hospital, porque no me cerraba la herida del tórax, y después me mandaron a Calama de vuelta y me empezaron a hacer ejercicios para poder usar los brazos. Después me entregaron unos ganchos, gracias a la Teletón, para ponerme en los muñones, que se mueven con unos tirantes que pasan por la espalda, pero casi no los uso porque son muy incómodos y me sirven de poco, así es que me he acostumbrado a arreglármelas así no más para hacer mis cosas. Yo antes del accidente trabajaba como carpintero, ponía ventanas, puertas, hacía muebles, y de alguna manera me las he arreglado para hacer algunos trabajos para ganar algo. Así como estoy, hago algunos muebles, hasta me hice una casita. Como los ganchos no me sirven, tengo que hacerle adaptaciones a las herramientas, le agrando el hoyo al mango del serrucho para moverlo con el brazo, y así puedo hacer algunas cositas. Pero ya no me dan trabajo en ninguna parte. Quien le va a dar trabajo a uno sin manos, sin un ojo y medio sordo. Yo no me hecho a morir, y hasta ahora he hecho lo que he podido. Lo único que he recibido es una pensión de invalidez que es de $80.000, y con eso no vive ni una persona sola.
Además, yo ya estoy viejo, tengo setenta y seis años. Imagínese que a los viejos en este país, aunque estén sanos, no les dan trabajo, qué me van a dar a mí. Así es que me las he arreglado de una manera u otra para sobrevivir. Yo no me hecho a morir y me las arreglo. Al principio, no tenía ganas de vivir, pero después me recuperé. Me he acostumbrado a vivir sin manos, y mi familia también, me ven como si las tuviera.
Después de que sucedió el accidente, quisieron echarme la culpa a mí, más encima, pero yo no fui culpable de nada. ¡Qué culpa iba a tener, si no había un letrero, una señal, una alambrada, nada que nos dijera que había minas por ahí.!
Yo, por mi parte, no creo en la justicia. Hubo una abogada que ahora vive en Antofagasta que había empezado a hacer una querella, pero luego tuvo que abandonarla.
Parece que le dijeron que no siguiera, la esperaron cerca de Sierra Gorda y le detuvieron el vehículo para decirle que no hiciera nada más, y ahí quedó todo, dijo que no podía seguir.
Así es que la justicia no ha funcionado en mi caso, nadie ha hecho nada en ese aspecto, ni siquiera pude encontrar un abogado que se hiciera cargo. Como yo no tenía ni tengo medios económicos, nadie se interesó.
Pero no tengo rencor con nadie. Ni siquiera pienso en el castigo que merecen los culpables. Simplemente he aceptado lo que me pasó sin preguntarme porqué.
Si alguien quisiera realmente hacer justicia, yo sólo me conformaría con que me entregaran una pensión que me permita vivir tranquilo los últimos días que me quedan. Ya tengo setenta y seis años, y uno no es eterno…
Bueno, he contado esto porque me dijo José Miguel que iba a servir para que otras personas, sobre todo los niños, sepan que pueden encontrarse con estas cosas, con minas, que los pueden hacer pedazos. Ojalá que sirva para salvar a alguien, para que no las tomen si las encuentran. Hay que decirles a los niños, que son curiosos por naturaleza, que no tomen las minas y otras cosas que dejan botadas por ahí los militares cuando hacen sus ejercicios, para que no les pase como a mí.
Como a mí, que perdí una parte del pecho, un ojo, la audición.
Y mis dos manos.
N. del E.
- Es extraordinariamente llamativa la actitud de don Juan Copa ante lo que le ha sucedido. Acepta lo que le sucedió, sin duda responsabilidad del Ejército y del Estado de Chile, como sólo un hito más en su vida. Ni siquiera menciona que ello ha sido un crimen en su contra. Transmite una mansedumbre infinita y una resignación absoluta, que no dejan lugar a rencor alguno en su gesto o en su voz, ni en su postura ante su propia desgracia.
-Teletón. Obra filantrópica de iniciativa privada, no estatal, sustentada por los aportes voluntarios que millones de chilenos hacen una vez por año, con la finalidad de otorgar rehabilitación a discapacitados infantiles.
Albán Araya Olivares
Era el día 16 de noviembre de 1992, y tenía yo 14 años. Con dos amigos paseábamos por los cerros de Topáter en bicicleta. Nos detuvimos en un lugar donde había un monolito, nos bajamos de nuestras bicicletas, y entonces lo vi. Ojalá nunca lo hubiera visto. Era un artefacto extraño, aparentemente inofensivo, en el suelo. Lo tomé para saber de qué se trataba, lo examiné superficialmente, era de metal oxidado, y luego dije:” ya, dejémoslo, sigamos”, y lo tiré a un lado. Entonces sentí en mis oídos y en mi cuerpo una explosión. Un gran ruido. Lo único que sentía era una extraña sensación de adormecimiento de mis piernas, y un sonido en mi cabeza, como un zumbido. Una sensación de desconcierto, de irrealidad, de no saber qué pasó, ante algo tan súbito, tan repentino.
Entonces miré en derredor y no vi a nadie, mis amigos no estaban por ninguna parte.
Grité llamándolos, y de pronto uno de ellos apareció de entre la nube de polvo y soltó el llanto. Lloraba y lloraba, y me decía: ¡Mírate, mírate lo que te pasó, mira cómo quedaste, mira tu pierna! Y entonces traté de pararme, apoyándome en mi pierna derecha, pero cuando traté de apoyar mi pierna izquierda, noté que se me doblaba, no se sostenía. Miré hacia abajo, y entonces ví que mi pierna estaba destruida, me faltaba toda la parte posterior de ella, estaban los músculos gemelos colgando desgarrados, junto a jirones de género del pantalón y abundante sangre. Se veían los huesos desnudos.
Quedé tirado en el suelo, adormecido, desangrándome. Mis amigos no sabían qué hacer, no atinaban a nada, entonces yo les dije que fueran a buscar ayuda a Topáter. Pero al parecer nadie les prestó esa ayuda, o no encontraron a nadie. Estuve una hora tirado en el suelo, hasta que finalmente llegó un camión del ejército, que casualmente pasó cerca pues venía de San pedro de Atacama, y al parecer vio desde lejos el polvo que levantó la explosión. Un militar bajó, me miró, luego me zamarreó y me dijo:”¡Cantemos, cantemos! ¡Canta, te digo, canta, no te quedes dormido! “.
Al parecer la pérdida de sangre ya me estaba haciendo perder la conciencia y el militar no quería dejar que me durmiera y me cacheteaba, me daba golpes en la cara para mantenerme despierto. Me acuerdo de él muy bien, pues me cacheteaba y yo sólo le decía: “¡No quiero, no quiero!..” Hasta que al final canté para que no me siguiera cacheteando.
Finalmente llegó un camión o ambulancia del regimiento, me subieron a ella y me llevaron hasta el Hospital de Calama, donde me prestaron la primera atención. Dado que mi padre era trabajador de Codelco, me trasladaron después al Hospital de Chuquicamata, y ahí estuve un tiempo que no recuerdo bien, sería uno o dos días, hasta que finalmente el traumatólogo decidió amputarme la pierna.
Era la pierna o yo, si no lo hubiera hecho, seguramente habría muerto de gangrena o algo así.
Después de que me amputaron, yo sentía mi pierna, y tenía mucho dolor y me picaba la pierna, y le pedía a las enfermeras que me rascaran pues no podía moverme, la otra pierna también la tenía lesionada así es que estaba inmovilizado en la cama. Las enfermeras me respondían que no podían rascarme, pero yo no sabía porqué, nadie me había dicho lo que había pasado, así es que yo no estaba enterado de que ya no tenía pierna. Eran los dolores o sensaciones fantasma, me enteré después, lo que me molestaba. Mi pierna ya no estaba conmigo, ya había dejado de ser parte de mí, la explosión se la había llevado. El artefacto que encontré me la arrancó cobardemente, a traición, sin advertencia alguna. Y sin culpa alguna de mi parte, pues en el lugar no había ningún tipo de advertencia de que había ese tipo de aparatos allí. Creo que aún hoy día practican motocross por ahí, y encontraron otros explosivos, por casualidad, los descubrió una máquina aplanadora cuando trabajaba en las pistas que hicieron. Y después aparecieron más proyectiles, salió hasta en los diarios, pero las autoridades no hacen nada para evitar que cosas así sigan ocurriendo a otros.
Supe que me habían cortado la pierna cuando un día entraron a mi pieza mis padres con el doctor. Mis papás tenían una expresión distinta, no hallaban qué decir, entonces yo intuí que algo grave debió haber pasado pues ellos no eran así. Y entonces fue que el doctor me dijo: “ Alban, tuvimos que amputarte la pierna, era lo único que podíamos hacer para salvarte”. Yo ya no me acuerdo qué sentí, me encontraba en un estado como de sopor o indiferencia, no sé, pero en ese momento no pensé en nada. Sólo quería salir de ahí luego, irme cuanto antes para mi casa y hacer las cosas que hacía siempre, estudiar, jugar, salir con mis amigos, estar con mi familia. No recuerdo bien la escena de ese momento, sólo recuerdo lo afectados que se veían mis padres. Es como si una nebulosa lo hubiera cubierto todo...
Después vinieron las curaciones. Porque me dejaron el muñón abierto, para asegurarse de que no hubiera infección. Entonces me hacían curaciones varias veces por día, todos los días. Y eso sí que recuerdo que me dolía terriblemente Era un dolor muy, muy intenso. Recuerdo que los demás enfermos que estaban en la habitación conmigo, pues quisieron cambiarme a otra habitación pero yo no quise estar nunca solo, se acercaban todos a mí y me rodeaban. Uno me tomaba la mano, otro me tomaba la cara, otro me sujetaba la pierna que me quedaba. Recuerdo que había uno que me cantaba. Así se une la gente en el dolor y se ayudan unos a otros. Y de esa forma la enfermera podía hacerme las curaciones, que me dolían mucho, mucho.
No sé cuantos días pasaron. ¿Treinta, cuarenta días? Algo así. Después de que me cerraron el muñón, empezaron a hacerme masajes, ejercicios. Después me hicieron un cono para el muñón y me dieron de alta, y por fin me fui para mi casa, era lo único que yo quería.
Luego me hicieron la prótesis. Yo tuve la suerte si se puede llamar así, de que entonces mi papá trabajaba en Codelco, otros que han tenido accidentes como el mío no han tenido esa posibilidad, entonces todos esos tratamientos estaban dentro de las prestaciones de salud que le correspondían a mi papá y su familia. Así que a los tres meses ya intentaba caminar con la prótesis. Me dijeron que había sido muy rápida mi rehabilitación. La verdad es que creo que en gran parte me rehabilité solo. Quería dejar todo lo sucedido atrás, muy atrás. Mi familia siempre estuvo apoyándome. Cuando sucede algo así, sin el apoyo familiar no es posible lograrlo.
En algún momento quisieron enviarme al extranjero para rehabilitarme, pero eso quedó en nada, no sé bien porqué. Yo nunca tuve ni siquiera un tratamiento psicológico, al parecer porque yo no quería saber nada de eso, sólo quería reanudar mi vida, hasta me las arreglaba para andar en bicicleta, y se quedaban todos viéndome cómo lo hacía, los autos se detenían y la gente se daba vuelta a mirarme. Yo quería ser normal, como antes, y sólo pensaba: “Bueno, me pasó a mí, mala suerte, yo tengo que seguir adelante, tengo que continuar con mi vida”
Claro que a veces no quería saber nada de nada, y me ganaba la desesperación, el hastío, de no poder hacer lo que hacía antes. Yo era atleta, fui seleccionado de Calama en atletismo. El día que me pasó el accidente, un día viernes, yo estaba a dos días de ir a Tocopilla a correr por Calama. Y todo quedó ahí. Entonces, a veces me encerraba en mi pieza y no salía de ella, me negaba a hacer nada. Un día hasta tiré la prótesis por la ventana, en una muestra creo yo de mi rabia, de mi impotencia de estar así sin haber hecho nada para merecérmelo.
Mis padres cambiaron. Mi mamá empezó a sufrir enfermedades. Sufrió depresiones, tuvo que recibir tratamientos por ello. Mi papá ya no era el de antes, se puso triste, perdió su energía, sufrió de diabetes y otras cosas que lo fueron afectando, por lo que me pasó a mí, creo yo. Se tornó silencioso y ensimismado. Hasta que al final, decidió que nos marcháramos de Calama,. Y renunció a su trabajo en Chuquicamata, y nos trasladamos a Antofagasta. Creo yo que con la intención de alejarnos del lugar donde tanto sufrimiento habíamos encontrado, donde yo, su hijo, había sido mutilado. Con la intención profunda de intentar olvidarlo todo y empezar una vida nueva. Mi papá cambió mucho, se transformó en otro. Nunca he pensado, hasta ahora que estoy contando esto, si quizá sentía alguna culpa por lo que pasó, pero… ¿quién pudo tener la culpa sino los irresponsables que dejaron ese artefacto botado allí? Quien pudo tener la culpa sino un Estado y unas instituciones a las que el asunto no les preocupa. No les interesa quién resulte dañado, de lo contrario habrían tomado algún tipo de precauciones ¿No? Y aún hoy día no les interesa, pues artefactos como el que yo encontré hay en muchas partes. Quizá por eso estoy contando lo que me pasó, para que no les pase a otros. Quizá por eso estoy saliendo del olvido en que tenía sumido ese episodio, para ayudar a otros a evitar que les suceda lo mismo. Porque ahora me he enterado que han sido muchos los que han sufrido lo que yo sufrí, y creo que tengo que hacer algo para que esto no pase nunca más.
¿La justicia? En realidad, nunca ví que actuara la justicia. Nunca fui citado a un tribunal ni nada. Mi papá contrató un abogado, no recuerdo el nombre, pero parece que es el mismo que años después contrató el doctor para defender inicialmente el caso de su hijo. Pero este abogado no logró nada de nada. Al final, abandonó el caso, o lo dejó ahí botado, según dijeron entonces porque del Gobierno le habían dicho que no insistiera en el asunto. Total, todo quedó como si no hubiera pasado nada. Lo mismo parece que sucedió con lo que trató de investigar el doctor Larenas. Así es que de justicia, nada. Ni indemnizaciones ni nada. Cuando hubo que cambiar la prótesis la pagó mi papá. Ya está medio malita, me molesta en el muñón, y a pesar de que tenemos más medios que otros amputados, siempre hay otros gastos que hacer, entonces siempre es difícil, una prótesis cuesta varios millones.
Bueno, en 1997 entré a estudiar Ingeniería en Prevención de Riesgos en INACAP, y actualmente estoy egresado. Sólo me falta presentar mi tesis, que versa sobre riesgos asociados a la extracción minera: perforación, tronadura, carguío y transporte. A través de mi profesión pienso dedicarme a proteger a los demás de diversos riesgos.
Me costó, pero voy a tener mi título. No todos han tenido esa oportunidad. Ha sido mi esfuerzo y el de mi familia.
No le debemos nada al Estado que me mutiló.
El hecho es que yo tengo que seguir adelante, a veces me decaigo pero siempre me levanto, una y otra vez. Aún no trabajo, pero ya lo haré. Quiero ayudar. Ayudar para que no les pase a otros lo que me pasó a mí.
N.del E.
-Topáter. Sector situado en los márgenes de Calama, con alta concurrencia de público. El lugar del accidente coincide con la ubicación actual de una pista de motocross, en la que se siguen encontrando proyectiles. Ningún rastreo serio ha sido efectuado
-Respecto a sus oportunidades de tratamiento, el narrador se refiere a que, dado que su padre en el tiempo de ocurrencia del accidente trabajaba en el mineral de cobre de Chuquicamata, tenía derecho por convenio colectivo a diversas prestaciones de salud para él y su familia, mientras trabajara allí. Se hace esta aclaración porque la mayor parte de otros lesionados por proyectiles o minas no han contado con esta posibilidad, por no encontrarse bajo este régimen de prestaciones especiales de salud, y de hecho no han recibido del Estado de Chile más que míseras pensiones, en algunos casos, que ni siquiera pueden llamarse de supervivencia.
- El abogado que inicialmente “defendió” este caso, lo abandonó posteriormente por razones desconocidas, al igual que lo hizo con el caso de José Miguel Larenas. La renuncia al patrocinio de estos casos es hasta ahora un misterio. Como también es un misterio la impasividad e inoperancia de los organismos policiales y judiciales ante los casos mostrados en este libro.
Entonces miré en derredor y no vi a nadie, mis amigos no estaban por ninguna parte.
Grité llamándolos, y de pronto uno de ellos apareció de entre la nube de polvo y soltó el llanto. Lloraba y lloraba, y me decía: ¡Mírate, mírate lo que te pasó, mira cómo quedaste, mira tu pierna! Y entonces traté de pararme, apoyándome en mi pierna derecha, pero cuando traté de apoyar mi pierna izquierda, noté que se me doblaba, no se sostenía. Miré hacia abajo, y entonces ví que mi pierna estaba destruida, me faltaba toda la parte posterior de ella, estaban los músculos gemelos colgando desgarrados, junto a jirones de género del pantalón y abundante sangre. Se veían los huesos desnudos.
Quedé tirado en el suelo, adormecido, desangrándome. Mis amigos no sabían qué hacer, no atinaban a nada, entonces yo les dije que fueran a buscar ayuda a Topáter. Pero al parecer nadie les prestó esa ayuda, o no encontraron a nadie. Estuve una hora tirado en el suelo, hasta que finalmente llegó un camión del ejército, que casualmente pasó cerca pues venía de San pedro de Atacama, y al parecer vio desde lejos el polvo que levantó la explosión. Un militar bajó, me miró, luego me zamarreó y me dijo:”¡Cantemos, cantemos! ¡Canta, te digo, canta, no te quedes dormido! “.
Al parecer la pérdida de sangre ya me estaba haciendo perder la conciencia y el militar no quería dejar que me durmiera y me cacheteaba, me daba golpes en la cara para mantenerme despierto. Me acuerdo de él muy bien, pues me cacheteaba y yo sólo le decía: “¡No quiero, no quiero!..” Hasta que al final canté para que no me siguiera cacheteando.
Finalmente llegó un camión o ambulancia del regimiento, me subieron a ella y me llevaron hasta el Hospital de Calama, donde me prestaron la primera atención. Dado que mi padre era trabajador de Codelco, me trasladaron después al Hospital de Chuquicamata, y ahí estuve un tiempo que no recuerdo bien, sería uno o dos días, hasta que finalmente el traumatólogo decidió amputarme la pierna.
Era la pierna o yo, si no lo hubiera hecho, seguramente habría muerto de gangrena o algo así.
Después de que me amputaron, yo sentía mi pierna, y tenía mucho dolor y me picaba la pierna, y le pedía a las enfermeras que me rascaran pues no podía moverme, la otra pierna también la tenía lesionada así es que estaba inmovilizado en la cama. Las enfermeras me respondían que no podían rascarme, pero yo no sabía porqué, nadie me había dicho lo que había pasado, así es que yo no estaba enterado de que ya no tenía pierna. Eran los dolores o sensaciones fantasma, me enteré después, lo que me molestaba. Mi pierna ya no estaba conmigo, ya había dejado de ser parte de mí, la explosión se la había llevado. El artefacto que encontré me la arrancó cobardemente, a traición, sin advertencia alguna. Y sin culpa alguna de mi parte, pues en el lugar no había ningún tipo de advertencia de que había ese tipo de aparatos allí. Creo que aún hoy día practican motocross por ahí, y encontraron otros explosivos, por casualidad, los descubrió una máquina aplanadora cuando trabajaba en las pistas que hicieron. Y después aparecieron más proyectiles, salió hasta en los diarios, pero las autoridades no hacen nada para evitar que cosas así sigan ocurriendo a otros.
Supe que me habían cortado la pierna cuando un día entraron a mi pieza mis padres con el doctor. Mis papás tenían una expresión distinta, no hallaban qué decir, entonces yo intuí que algo grave debió haber pasado pues ellos no eran así. Y entonces fue que el doctor me dijo: “ Alban, tuvimos que amputarte la pierna, era lo único que podíamos hacer para salvarte”. Yo ya no me acuerdo qué sentí, me encontraba en un estado como de sopor o indiferencia, no sé, pero en ese momento no pensé en nada. Sólo quería salir de ahí luego, irme cuanto antes para mi casa y hacer las cosas que hacía siempre, estudiar, jugar, salir con mis amigos, estar con mi familia. No recuerdo bien la escena de ese momento, sólo recuerdo lo afectados que se veían mis padres. Es como si una nebulosa lo hubiera cubierto todo...
Después vinieron las curaciones. Porque me dejaron el muñón abierto, para asegurarse de que no hubiera infección. Entonces me hacían curaciones varias veces por día, todos los días. Y eso sí que recuerdo que me dolía terriblemente Era un dolor muy, muy intenso. Recuerdo que los demás enfermos que estaban en la habitación conmigo, pues quisieron cambiarme a otra habitación pero yo no quise estar nunca solo, se acercaban todos a mí y me rodeaban. Uno me tomaba la mano, otro me tomaba la cara, otro me sujetaba la pierna que me quedaba. Recuerdo que había uno que me cantaba. Así se une la gente en el dolor y se ayudan unos a otros. Y de esa forma la enfermera podía hacerme las curaciones, que me dolían mucho, mucho.
No sé cuantos días pasaron. ¿Treinta, cuarenta días? Algo así. Después de que me cerraron el muñón, empezaron a hacerme masajes, ejercicios. Después me hicieron un cono para el muñón y me dieron de alta, y por fin me fui para mi casa, era lo único que yo quería.
Luego me hicieron la prótesis. Yo tuve la suerte si se puede llamar así, de que entonces mi papá trabajaba en Codelco, otros que han tenido accidentes como el mío no han tenido esa posibilidad, entonces todos esos tratamientos estaban dentro de las prestaciones de salud que le correspondían a mi papá y su familia. Así que a los tres meses ya intentaba caminar con la prótesis. Me dijeron que había sido muy rápida mi rehabilitación. La verdad es que creo que en gran parte me rehabilité solo. Quería dejar todo lo sucedido atrás, muy atrás. Mi familia siempre estuvo apoyándome. Cuando sucede algo así, sin el apoyo familiar no es posible lograrlo.
En algún momento quisieron enviarme al extranjero para rehabilitarme, pero eso quedó en nada, no sé bien porqué. Yo nunca tuve ni siquiera un tratamiento psicológico, al parecer porque yo no quería saber nada de eso, sólo quería reanudar mi vida, hasta me las arreglaba para andar en bicicleta, y se quedaban todos viéndome cómo lo hacía, los autos se detenían y la gente se daba vuelta a mirarme. Yo quería ser normal, como antes, y sólo pensaba: “Bueno, me pasó a mí, mala suerte, yo tengo que seguir adelante, tengo que continuar con mi vida”
Claro que a veces no quería saber nada de nada, y me ganaba la desesperación, el hastío, de no poder hacer lo que hacía antes. Yo era atleta, fui seleccionado de Calama en atletismo. El día que me pasó el accidente, un día viernes, yo estaba a dos días de ir a Tocopilla a correr por Calama. Y todo quedó ahí. Entonces, a veces me encerraba en mi pieza y no salía de ella, me negaba a hacer nada. Un día hasta tiré la prótesis por la ventana, en una muestra creo yo de mi rabia, de mi impotencia de estar así sin haber hecho nada para merecérmelo.
Mis padres cambiaron. Mi mamá empezó a sufrir enfermedades. Sufrió depresiones, tuvo que recibir tratamientos por ello. Mi papá ya no era el de antes, se puso triste, perdió su energía, sufrió de diabetes y otras cosas que lo fueron afectando, por lo que me pasó a mí, creo yo. Se tornó silencioso y ensimismado. Hasta que al final, decidió que nos marcháramos de Calama,. Y renunció a su trabajo en Chuquicamata, y nos trasladamos a Antofagasta. Creo yo que con la intención de alejarnos del lugar donde tanto sufrimiento habíamos encontrado, donde yo, su hijo, había sido mutilado. Con la intención profunda de intentar olvidarlo todo y empezar una vida nueva. Mi papá cambió mucho, se transformó en otro. Nunca he pensado, hasta ahora que estoy contando esto, si quizá sentía alguna culpa por lo que pasó, pero… ¿quién pudo tener la culpa sino los irresponsables que dejaron ese artefacto botado allí? Quien pudo tener la culpa sino un Estado y unas instituciones a las que el asunto no les preocupa. No les interesa quién resulte dañado, de lo contrario habrían tomado algún tipo de precauciones ¿No? Y aún hoy día no les interesa, pues artefactos como el que yo encontré hay en muchas partes. Quizá por eso estoy contando lo que me pasó, para que no les pase a otros. Quizá por eso estoy saliendo del olvido en que tenía sumido ese episodio, para ayudar a otros a evitar que les suceda lo mismo. Porque ahora me he enterado que han sido muchos los que han sufrido lo que yo sufrí, y creo que tengo que hacer algo para que esto no pase nunca más.
¿La justicia? En realidad, nunca ví que actuara la justicia. Nunca fui citado a un tribunal ni nada. Mi papá contrató un abogado, no recuerdo el nombre, pero parece que es el mismo que años después contrató el doctor para defender inicialmente el caso de su hijo. Pero este abogado no logró nada de nada. Al final, abandonó el caso, o lo dejó ahí botado, según dijeron entonces porque del Gobierno le habían dicho que no insistiera en el asunto. Total, todo quedó como si no hubiera pasado nada. Lo mismo parece que sucedió con lo que trató de investigar el doctor Larenas. Así es que de justicia, nada. Ni indemnizaciones ni nada. Cuando hubo que cambiar la prótesis la pagó mi papá. Ya está medio malita, me molesta en el muñón, y a pesar de que tenemos más medios que otros amputados, siempre hay otros gastos que hacer, entonces siempre es difícil, una prótesis cuesta varios millones.
Bueno, en 1997 entré a estudiar Ingeniería en Prevención de Riesgos en INACAP, y actualmente estoy egresado. Sólo me falta presentar mi tesis, que versa sobre riesgos asociados a la extracción minera: perforación, tronadura, carguío y transporte. A través de mi profesión pienso dedicarme a proteger a los demás de diversos riesgos.
Me costó, pero voy a tener mi título. No todos han tenido esa oportunidad. Ha sido mi esfuerzo y el de mi familia.
No le debemos nada al Estado que me mutiló.
El hecho es que yo tengo que seguir adelante, a veces me decaigo pero siempre me levanto, una y otra vez. Aún no trabajo, pero ya lo haré. Quiero ayudar. Ayudar para que no les pase a otros lo que me pasó a mí.
N.del E.
-Topáter. Sector situado en los márgenes de Calama, con alta concurrencia de público. El lugar del accidente coincide con la ubicación actual de una pista de motocross, en la que se siguen encontrando proyectiles. Ningún rastreo serio ha sido efectuado
-Respecto a sus oportunidades de tratamiento, el narrador se refiere a que, dado que su padre en el tiempo de ocurrencia del accidente trabajaba en el mineral de cobre de Chuquicamata, tenía derecho por convenio colectivo a diversas prestaciones de salud para él y su familia, mientras trabajara allí. Se hace esta aclaración porque la mayor parte de otros lesionados por proyectiles o minas no han contado con esta posibilidad, por no encontrarse bajo este régimen de prestaciones especiales de salud, y de hecho no han recibido del Estado de Chile más que míseras pensiones, en algunos casos, que ni siquiera pueden llamarse de supervivencia.
- El abogado que inicialmente “defendió” este caso, lo abandonó posteriormente por razones desconocidas, al igual que lo hizo con el caso de José Miguel Larenas. La renuncia al patrocinio de estos casos es hasta ahora un misterio. Como también es un misterio la impasividad e inoperancia de los organismos policiales y judiciales ante los casos mostrados en este libro.
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