Mire, la verdad, de mi RUT no me acuerdo. Después de todo, ¿para qué le sirve a uno?
Yo tuve diez hijos. Me quedan siete. Dos de ellos...mis niños...
Claro que eso sucedió hace harto tiempo. Trato de no acordarme, porque me da mucha pena. Eran mis hijitos. Menos mal tengo más hijos, si no, no sé que me habría pasado, me habría muerto de pena, creo yo.
Yo soy atacameña, nací el 28 de abril de 1939, y vivo aquí, cerca de San Pedro, en Yayes, en la calle Selti, que es el nombre de mi familia. Seguramente alguno de mis antepasados vivió por acá y le pusieron su nombre a esta calle, no sé. Nosotros somos de acá desde quizá cuando. Siglos. Quizá milenios, desde antes que llegaran los españoles a quedarse. Con sus armas. Dicen los antiguos.
Igual que ahora, que hasta hace unos pocos añitos no más andaban los uniformados por las calles y cerquita de las casas haciendo sus cosas, disparando, fusiles, ametralladoras, cañones, balas para todos lados. Qué se yo de esas cosas. Yo soy ama de casa no más. Me dedico a cuidar de mi esposo, de mis hijos, que no les falte nada, de hacerles su comida, de su ropita, me preocupo de la tierra, que se siembre, que se riegue, y esas cosas.
Les dijimos que no podía ser, que ya estaba bueno, que fueran a otras partes a disparar, lejos de las casas. Ahora ya no se ven mucho por aquí. Pero yo igual les ayudaba cuando podía, pues son gente, igual que uno. Si me pedían prestado el horno para cocer pan, se los prestaba. O para cocer las raciones, que a veces se las daban crudas, creo yo. Así, les ayudaba. Son gente, igual que uno. Sí.
¡Ah! Lo de mis hijos. Claro, los pobrecitos murieron hace tiempo, hartos años, allá en Guatín, la tierra de mi esposo. Está cerca de San Pedro, en el camino que sube al Tatio, donde están las fumarolas como las llaman, géiseres creo que les dicen los turistas, que vienen de otras partes a conocer por aquí.
Creo que fue en 1980 o 1982, no sé, se me ha olvidado. Trato de no acordarme mucho por que me duele mucho que se hayan muerto mis hijos. Uno los lleva en el vientre, le cuesta criarlos, cuidarlos, los lleva al colegio. Uno espera verlos grandes, y que estén con una cuando llega a ser vieja, como estoy ahora.
Esa vez fuimos en el camión con mi esposo y los niños, tempranito a Guatín, para ver los animalitos y trabajar en la tierra, sembrar algunas plantas. A cuidar la tierra, que era de mi esposo, de sus antepasados. A pastorear. Teníamos ahí una casita, una pieza, hecha de piedra y barro, para refugiarnos en el invierno, para guardar las herramientas, con un corral para los animales.
Entonces, como a las siete y media de la mañana llegamos y nos bajamos todos del camión, y los niños se fueron a jugar y a corretear por ahí, mientras yo buscaba las tazas, el tecito y el pan, para darles su desayuno para que después empezaran a trabajar.
Estaba en eso cuando sentí un ruido, no muy fuerte, pero un ruido raro, medio sordo. Sentí un dolor en la pierna, pero no le di importancia. Me acerqué a mi esposo, y lo vi con la mano llena de sangre. Preguntaba por los niños, y miramos a ver dónde estaban.
Mi hija se acercó a nosotros, tenía dos añitos entonces, y miraba para todos lados, y parecía no oír lo que hablábamos. Después supe que había quedado sorda por el ruido. Y los niños estaban en el suelo, a unos cincuenta metros de la casa. Corrimos muy asustados a ver qué había pasado con nuestros hijos, y...Dios mío...perdone...me da mucha pena cuando me acuerdo...me dan ganas de llorar. Mi hijito de 5 años fracasó ahí mismo...le faltaba su cabeza, pobrecito mi hijo. El corazón se me salía por la boca, no podía gritar, ni hablar, ni nada. Mi otro hijo, de 14 años, tenía su cabeza hecha pedazos, y sólo movía la mano, como para llamar a su papá, pobrecito, no quiero decir cómo estaba, no quiero acordarme. Trato de no hacerlo porque me duele. Estaba desesperada, y no hallaba qué hacer, no sabía cómo ayudarlo. No sabía qué había pasado, sólo sentí el ruido y después, encontré a mi hijo más pequeño muerto, y al más grandecito destrozado tirado en el suelo casi muerto. Así pasó. Pero movía una manito. Así es que al que estaba muerto lo tapé entero con un abrigo, y al otro lo tomé en brazos y con mi hijita y mi esposo manejando con una sola mano el camión nos fuimos a San Pedro a buscar ayuda. Llegamos donde los Carabineros a pedir ayuda.
Nos llevaron a la posta que hay en el pueblo, ahí me dijeron que yo tenía una herida grande en la pierna, que me sangraba mucho. No me había dado cuenta. Me pusieron un vendaje. A mi esposo le vendaron la mano, que también tenía muchas heridas. A mi hijo le pusieron unas vendas en la cabeza y lo mandaron a Calama, donde estaba el Hospital.
Según me dijeron después, ahí lo recibió un médico que no me acuerdo ahora cómo se llamaba, y cuando vió al niño y le sacó lo que tenía puesto en la cabeza, dijo que le faltaba casi la mitad del cráneo, y que el cerebro que le quedaba estaba a la vista, y le amarró unas venas o arterias, no sé qué serían, para que no siguiera perdiendo sangre, que ya había perdido mucha. También dijo que era muy difícil que pudiera salvarse porque sus lesiones eran demasiado graves, y que necesitaba de un neurocirujano, y en Calama no había, así es que después de ponerle sangre y sueros y vendarlo de nuevo, tuvo que mandarlo a Antofagasta donde había un hospital más grande con médicos que operan el cerebro, para ver si podían salvarlo. Así es que el hijo mío se fue en ambulancia desde Calama a Antofagasta, que está a 230 kilómetros.
Allá estuvo tres meses en el hospital. Yo iba a verlo como podía, después de que me curaron mi pierna, y me sacaron una esquirla, según me dijeron.
No teníamos dinero, y nos conseguíamos un poco con los familiares para poder pagar los pasajes. Allá había una familia amiga que eran buenas personas y me convidaban con alojamiento y con alimento mientras yo iba a ver a mi hijo, y le llevaba lo que pedían en el hospital, porque a veces no tenían. Me acuerdo que me pedían unas inyecciones que se llamaban Gentamicina, eso sí me acuerdo. Para la infección.
Y así, por aquí y por acá nos arreglábamos para poder ver a mi hijo. Mi marido estuvo un buen tiempo sin poder trabajar por su mano que le había destrozado otra esquirla, estuvo en el hospital varios días en Calama, después lo dieron de alta, pero no tenía derecho a licencia ni nada. Pero su patrón se portó bien con él y lo ayudó, y le mantuvo su trabajo. Era buen hombre su patrón.
A los tres meses murió mi hijito, de una neumonía, dijeron.
Perdí dos hijos...ni para los ataúdes nos ayudaron...no quiero acordarme más de eso...por suerte tengo otros hijos, uno ahora es mayor, ya tiene 37 años, así es que uno sigue viviendo, tengo a mi esposo, mis hijas...y sigo haciendo las cosas de la casa, cuidando los animalitos, la tierra, sembrando.
La justicia no ha hecho nada.
Dicen que fue una granada de mano. Así dijeron los señores del regimiento. Acá hay un destacamento que hace prácticas con granadas, cañones, hacen trincheras, y quedan esas cosas tiradas por ahí. Las hay en muchas partes, balas de los cañones han encontrado en varios lugares. Minas, de esas que entierran para matar a sus enemigos, han aparecido hasta en los canales de riego. Apareció una en el estanque de agua del pueblo una vez. Lo dijo el diario.
Supe que al hijo del doctor que recibió a mi hijo en el hospital de Calama le pasó algo así con una bala de un cañón en el Valle de la Luna, no sé...le ha pasado a mucha gente por aquí. También supe que a Aguilar y a Copa, que andaban recogiendo leña les pasó lo mismo, encontraron una mina.
En ese tiempo nos llevaron a la Fiscalía Militar para tomarnos declaración para un sumario. Nunca supimos el resultado de las investigaciones. Hasta hoy me pregunto qué habrá sucedido, qué habrán concluido sobre la muerte de mis hijos, mis niños.
Nunca nadie se ha acercado a nosotros para decirnos porqué paso esto.
No entiendo porque los ejercicios militares se hacen tan cerca de nuestro poblado y porque quedan estas balas abandonadas. Aquí vivimos muchos atacameños y vienen turistas de varios países. Todos corren el mismo peligro de encontrar uno de estos y terminar como mis hijos, así le pasó al hijo del Doctor Larenas
Ojalá que esto sirva al menos para que otras personas sepan que tienen que tener cuidado, y no se encuentren con una de esas cosas.
N.del.E.
-Guatín: sector situado a unos 20 km de San pedro de Atacama. Segunda Región de Antofagasta. Chile.
-San Pedro de Atacama. Poblado autóctono de interés arqueológico mundial. Registra numerosos casos de accidentes por explosivos militares y hallazgos de diversos tipos de ellos, documentados en el registro de GSMMA (http://www.gsmma.org/)
-Copa: Juan Copa, encontró una mina antipersonal mientras recogía leña en el Llano de la Paciencia, cerca de San Pedro de Atacama, que le arrancó ambas manos en 1986. Sin intervención de la justicia hasta ahora.
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sábado, 26 de agosto de 2006
Dr. Enrique Larenas Hillerns
En la guardia del Hospital Carlos Cisternas de Calama, algún día de 1980, un médico joven, egresado hacía recién 1 año, cumplía con su turno habitual de 24 horas. Transcurridas 4 o 5 horas de turno , alrededor del mediodía, ya había atendido a unas 50 personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, con diversas dolencias, algunas banales otras graves, lo habitual. Pero lo inusual estaba por suceder. Por la mañana se había recibido un llamado de un pueblo precordillerano pidiendo una ambulancia para un niño accidentado con explosivos, y la ambulancia había recién anunciado su arribo. Bajaron de ella una camilla con un herido que internaron rápidamente al servicio de urgencias. El joven médico vio en la camilla un pequeño bulto con la cabeza cubierta por apósitos y vendas, que le habían sido puestos en la posta de primeros auxilios del pueblo de origen. Levantó los apósitos y se encontró con la visión más horrible que hasta entonces había presenciado: al pequeño, de unos 10 años de edad, en estado de coma, le faltaba casi la mitad derecha del cráneo, y estaba a la vista el cerebro lacerado, con vasos sanguíneos dejando escapar abundantemente su fluido vital. En el mismo lugar, pidió instrumental estéril y aplicó unas pinzas hemostáticas sobre el cerebro y ligó los vasos sangrantes, cubriendo la masa encefálica a la vista con apósitos. Era lo único que podía hacer. La lesión parecía mortal en breve plazo, y su reparación prácticamente imposible. Como en el hospital en que estos hechos se desarrollaban no había neurocirujano, y el niño aún sobrevivía a tan monstruosa lesión, lo estabilizó y lo envió al hospital base en la ciudad de Antofagasta. Supo después que los neurocirujanos lograron hacerlo sobrevivir un tiempo, hicieron algunas plastias en su cráneo para cubrir el cerebro, pero al cabo de algunos meses y muchos sufrimientos, el niño falleció, y fue a reunirse con sus dos hermanos que habían muerto en el lugar mismo de la explosión. La causa: un proyectil militar que encontraron mientras pastoreaban ovejas y llamas. Ignorantes del peligro, sin saber de qué se trataba, quisieron jugar con el curioso artefacto, el que al caer al suelo hizo explosión, despedazando por completo a dos de los niños y mutilando la cabeza del tercero.
El mismo médico, un año después, durante su turno, aproximadamente a las 00 horas, es llamado para atender a un joven de unos 25 años que se quejaba de un extraño dolor de súbita aparición en su flanco izquierdo. Al palpar la zona afectada, se dio cuenta de que había un orificio circular, y cerca de él, bajo la piel, un objeto duro cuyo contorno sugería un proyectil. Procedió a extraer el objeto, que resultó ser una bala de fusil. Interrogó nuevamente al paciente, dudando de su relato, pues sostenía que todo sucedió mientras dormía en su casa, despertando por el dolor. Pero el relato fue corroborado por su esposa, que estaba durmiendo a su lado. Luego se supo que varias balas habían caído cerca del altar de la iglesia, en la plaza, más o menos a la misma hora. Y que estaba en curso una maniobra militar en las cercanías de la ciudad. Conclusión: balas disparadas al cielo cayeron sobre la ciudad, y una de ellas, dada la distancia, entró por el techo de la casa del paciente en cuestión y alcanzó a penetrar sólo la piel de su abdomen. No supo cómo fue herido, ni cómo salvó milagrosamente su vida.
Pastorcitos precordilleranos, en las cercanías de San Pedro de Atacama, en el caserío de Guatín, encontraron un objeto oblongo semienterrado, cerca de su casa. Uno de ellos lo tomó, lo levantó, y al moverlo, detonó, muriendo en el lugar.
Llano de la paciencia, año 1986. Juan Copa Cruz y un amigo suyo buscan trozos de leña agachados sobre el suelo. Uno de ellos encuentra un objeto redondeado, con aspecto de un tarro de conservas, algo aplanado. Lo toma y se lo lanza a su compañero Juan, quien alcanza a asirlo, pero se le suelta de las manos y cae. La detonación le destrozó el tórax, un ojo e hizo desaparecer sus dos brazos. Era una mina antipersonal. Nunca recibió una ayuda digna del Estado de Chile, y nunca supo lo qué sucedió, pues la justicia no lo investigó, ni menos resolvió nada al respecto. Consiguió unos ganchos rudimentarios activados por el hombro contralateral, tosco remedo de una garra. Con ello ha sido capaz de trabajar para construir su casa. No denota en su voz ni siquiera rencor por lo que le sucedió. Ni sabe a quien culpar. Su mansedumbre lo atribuye al destino, ni siquiera deja escapar ahora lágrimas de rencor o impotencia por haber tenido que vivir así. Simplemente ha vivido.
Año 1970. Francisco y Luis Enrique Vergara Zaldívar, de 11 y 16 años de edad, y su amigo Silverio Morales Araya, de 12 años, pasean por un sector próximo al río Loa, en las cercanías de Calama. Encuentran un objeto metálico grande, con aspecto de cohete. Como lo encuentran vistoso y extraño, tratan de llevarlo a su casa, lo levantan y al caer hace explosión, arrancándole a los dos hermanos una pierna completa, y a Silverio las dos piernas. Una vez más, el Estado de Chile apenas se entera de que tres de sus ciudadanos han sido atrozmente mutilados e incapacitados, y no les presta la ayuda que merecen. Son hasta ahora indigentes. Uno de ellos ya murió, a los 45 años de edad, sin conocer la justicia, ni una prótesis adecuada, ni un trabajo digno. Ni tan sólo una disculpa. ¿Cómo se le explica a alguien que ha perdido sus dos piernas que se trató tan sólo de negligencia de un organismo del Estado?
José Miguel Larenas Mahn, mi hijo, paseando de madrugada por el Valle de la Luna, sector turístico conocido en todo el mundo, en las cercanías de San Pedro de Atacama, el 17 de diciembre de 1994, presintió el volcamiento de la camioneta que iba tras suyo, en la que viajaban sus amigos. Volvió a auxiliarlos, los llevó a la Posta de primeros auxilios del pueblo, luego al puesto de Carabineros local, y volvió con dos policías a intentar sacar el vehículo de las arenas del desierto, donde había caído, para dejarlo sobre el camino y poder así remolcarlo. Durante esta maniobra, la rueda trasera de su camioneta escarbó el terreno hasta hacer contacto con un proyectil de 106 mm. que estaba allí enterrado. La explosión levantó la camioneta por los aires unos cuatro metros, luego cayó envuelta en llamas. Él salió del vehículo destrozado y en llamas sin saber cómo, y se alejó de él, dejándose luego caer al suelo, con su brazo izquierdo destrozado, manando abundante sangre. Un Carabinero que presenció todo el suceso, corrió a auxiliarlo, aplicándole un torniquete bajo el hombro, salvando así su vida, que escapaba por su brazo, y sin explicarse cómo había sobrevivido a tan inmensa explosión. José Miguel dice que salvó con vida porque su madre, muerta hacía dos años, lo había tomado en brazos y lo había posado en el suelo para que escapara de las llamas. Así lo sintió él. Así debió ser. No hay otra explicación.
El mismo médico que inicia este relato, ya no un joven, con barba cana a sus 44 años de edad, que había sido avisado sólo del volcamiento, e informado de que sólo había heridos leves, con algunas contusiones y erosiones, y de que su hijo no estaba lesionado, transitaba en camioneta por la carretera hacia San pedro de Atacama, a buscar a los jóvenes, en compañía de los padres de algunos de ellos, cuando se encontraron con varios vehículos detenidos y una ambulancia. Dijo a quien conducía que se detuviera para ofrecer su ayuda, y se bajó, aproximándose a una camioneta en cuya parte trasera parecía haber un herido, preguntando qué había sucedido, diciendo que era médico, con voz fuerte y firme para que no obstaculizaran su acción, e inquiriendo respecto a las lesiones de quien yacía en el piso ensangrentado de la caja de carga del vehículo y cómo habían sido provocadas. Se le dijo que por la explosión del estanque de bencina de su vehículo. Levantó las mantas para inspeccionar las lesiones y debió contenerse para no expresar su asombro por la magnitud y gravedad de lo observado: un brazo izquierdo destrozado, sin codo, jirones de carne colgando, el antebrazo y la mano prácticamente separados del brazo, unidos sólo por un delgado puente de piel y tejido graso. Buscó el pulso radial, encontrándolo, aunque débil. Tratando de controlar su espanto, pues en toda su vida profesional no había visto una lesión así, dijo al herido con voz cariñosa, que estuviera tranquilo, pues lo que tenía se arreglaría, aunque dudando seriamente de ello, pensando que en realidad solo cabría amputar. Y dejó su brazo con extremo cuidado envuelto en los apósitos que traía. Luego procedió a revisar otras partes de su cuerpo, el tórax, el abdomen, la cabeza. Descubrió su cara, hasta entonces cubierta por un paño para protegerlo del sol. Se encontró con un rostro lleno de cenizas, hollín, y tierra, en el que sólo resaltaban los ojos. Examinó la cara, los ojos, el cráneo, le hizo algunas preguntas para verificar su estado de conciencia. El respondió: es sólo el brazo, papá. Al escuchar esa palabra, el médico sintió un escalofrío, quedó rígido y miro con atención el rostro del muchacho. No, no podía ser su hijo, era un rostro lleno de tierra, sangre y hollín, y su hijo estaba en San Pedro de Atacama, sano, tenía que ser un error. No sabía que hubiera sucedido ninguna explosión, sólo un volcamiento con heridos leves. Soy yo, papá, dijo el niño, sin moverse. Y entonces, reconoció su voz, y en su mirada vio a su hijo, el hijo de su alma, el que había cuidado y querido siempre, el que había crecido sano y robusto desde un pequeño trocito de blanca piel y albos cabellos heredados de su hermosa madre, el que se acurrucaba contra su pecho hundiendo su cara en él para protegerse mientras paseaba en sus brazos por la orilla del mar. El mismo que había pasado con él tantos dolores y tantas alegrías. El mismo que con su hermanita gemela recorría en moto los caminos del desierto en su compañía disfrutando del sol y el viento limpio de la cordillera. El, el hijo de su alma, estaba ahí, en el piso desnudo del compartimiento de carga de una camioneta, con su brazo hecho jirones. Un proyectil había destrozado su brazo a 50 metros de un letrero que rezaba: “Valle de la Luna, Santuario de la Naturaleza”. Con cuidado, se reclinó sobre su cabeza tomándola en su pecho, reteniendo el llanto, y le dijo: no te preocupes, hijo, vas a estar bien, vas a sanar. Y dio al chofer de la camioneta la orden de partir de inmediato al hospital donde él trabajaba, entonces en Chuquicamata, sin perder tiempo en pasarlo a la ambulancia. Durante el viaje sujetó el brazo de su hijo para que no se desprendiera con los saltos del vehículo. Cuando llegaron al hospital, lo examinaron dos traumatólogos, uno de los cuales perdió el sentido al ver las lesiones. Posteriormente fue llevado al pabellón de cirugía para decidir qué tratamiento cabría aplicar, a cargo de los traumatólogos, y una vez que fue anestesiado, su padre , cuyas piernas ya no podían sostenerle, cayó al suelo, llorando como un niño, implorando a Dios que salvara su brazo, pidiendo que cortaran los suyos para salvar el de su hijo, sin darse cuenta de lo inútil que ello habría sido.
En la intervención, decidieron no amputarlo, transitoriamente, sujetando los huesos que pudieron salvar con aparatos metálicos de fijación externa. Al día siguiente fue trasladado hasta la capital del país en avión ambulancia, a un hospital especializado en traumatología. Estuvo allí 40 días, y fue operado 14 veces, para efectuarle injertos, para movilizar músculos remanentes con que cubrir la gran herida, para efectuar la fusión artificial con placas metálicas y tornillos de los huesos que quedaban. Y a costa de enorme sufrimiento, agujas, inmovilización, dolor, repetidas anestesias, encierro, insomnio logró salvar su brazo. Su padre y su hermana estuvieron siempre con él, no lo dejaron sólo ni un solo momento, durmieron a su lado 40 noches. Pasaron con él la Navidad y el Año Nuevo en el hospital. Oraron juntos, pidieron a Dios que lo sanara y calmara su dolor, a veces insoportable. Lograron sobrevivir para que él pudiera lograrlo. Su dolor casi terminó con la vida de su padre y su hermana, pero lograron controlarlo para que él viviera. Los colegas de su padre que lo trataron, materializaron un milagro de Dios. Logró conservar su antebrazo y su mano gracias a ellos, gracias a Dios, no gracias en lo absoluto a su país, que le causó la mutilación. Su país nunca se preocupó de ello. La compañía en que trabajaba su padre nunca se preocupó de ello, trató de interponer obstáculos siempre que pudo hacerlo. La patria nunca hizo nada. La justicia nunca hizo nada. El gobierno nunca hizo nada. Si algo se ha logrado en cuanto a que el país tome conciencia del atroz riesgo de los explosivos terrestres, es porque él ha trabajado para que lo que le sucedió no le suceda a otros. Y vive y lucha incansablemente por ello, mientras estudia con ahínco, por dar alegría a su padre y a su hermana, que sufrieron con él, por proteger a otros que sufren, por evitar que otros sufran como él sufrió. Y ahora lucha por evitar que otros lugares sigan llamándose “santuarios de la naturaleza”, siendo trampas mortales. Por lograr que funcionarios abúlicos e indolentes se den cuenta de lo que hacen por evitar estas tragedias: nada. Por lograr que las maniobras militares sigan normas mínimas de protección de la población civil. Por conseguir que su país y el mundo algún día estén limpios de artefactos traicioneros y absurdos sembrados por la inconsciencia, por la indolencia, por la estupidez humana. Si ello se consigue, su sufrimiento, el de su padre, el de su hermana, y el sufrimiento de tantos que han sido atrozmente mutilados o muertos y luego abandonados, tendrá su razón de ser. Las minas antipersonal, las minas antitanque, las municiones sin estallar, son símbolos de la decadencia intelectual y espiritual de la Humanidad actual.
Nada puede justificarlos, nadie puede continuar usándolos, nadie puede escuchar en silencio una historia escrita con sangre, mutilación, muerte, dolor y lagrimas de seres pacíficos que no han luchado ninguna guerra ni la desean.
La sangre, los huesos, la carne de mi hijo José Miguel, regaron una vez el desierto con dolor y con valor increíbles. Él me ha infundido fuerzas a mí, cuando han querido abandonarme. Es un veterano valeroso de una guerra que nunca existió. Que su sacrificio brutal y atroz, y el nuestro, no resulten en vano. Que sirvan para limpiar la faz de la tierra y evitar así que otros inocentes sufran lo que nosotros sufrimos.
El mismo médico, un año después, durante su turno, aproximadamente a las 00 horas, es llamado para atender a un joven de unos 25 años que se quejaba de un extraño dolor de súbita aparición en su flanco izquierdo. Al palpar la zona afectada, se dio cuenta de que había un orificio circular, y cerca de él, bajo la piel, un objeto duro cuyo contorno sugería un proyectil. Procedió a extraer el objeto, que resultó ser una bala de fusil. Interrogó nuevamente al paciente, dudando de su relato, pues sostenía que todo sucedió mientras dormía en su casa, despertando por el dolor. Pero el relato fue corroborado por su esposa, que estaba durmiendo a su lado. Luego se supo que varias balas habían caído cerca del altar de la iglesia, en la plaza, más o menos a la misma hora. Y que estaba en curso una maniobra militar en las cercanías de la ciudad. Conclusión: balas disparadas al cielo cayeron sobre la ciudad, y una de ellas, dada la distancia, entró por el techo de la casa del paciente en cuestión y alcanzó a penetrar sólo la piel de su abdomen. No supo cómo fue herido, ni cómo salvó milagrosamente su vida.
Pastorcitos precordilleranos, en las cercanías de San Pedro de Atacama, en el caserío de Guatín, encontraron un objeto oblongo semienterrado, cerca de su casa. Uno de ellos lo tomó, lo levantó, y al moverlo, detonó, muriendo en el lugar.
Llano de la paciencia, año 1986. Juan Copa Cruz y un amigo suyo buscan trozos de leña agachados sobre el suelo. Uno de ellos encuentra un objeto redondeado, con aspecto de un tarro de conservas, algo aplanado. Lo toma y se lo lanza a su compañero Juan, quien alcanza a asirlo, pero se le suelta de las manos y cae. La detonación le destrozó el tórax, un ojo e hizo desaparecer sus dos brazos. Era una mina antipersonal. Nunca recibió una ayuda digna del Estado de Chile, y nunca supo lo qué sucedió, pues la justicia no lo investigó, ni menos resolvió nada al respecto. Consiguió unos ganchos rudimentarios activados por el hombro contralateral, tosco remedo de una garra. Con ello ha sido capaz de trabajar para construir su casa. No denota en su voz ni siquiera rencor por lo que le sucedió. Ni sabe a quien culpar. Su mansedumbre lo atribuye al destino, ni siquiera deja escapar ahora lágrimas de rencor o impotencia por haber tenido que vivir así. Simplemente ha vivido.
Año 1970. Francisco y Luis Enrique Vergara Zaldívar, de 11 y 16 años de edad, y su amigo Silverio Morales Araya, de 12 años, pasean por un sector próximo al río Loa, en las cercanías de Calama. Encuentran un objeto metálico grande, con aspecto de cohete. Como lo encuentran vistoso y extraño, tratan de llevarlo a su casa, lo levantan y al caer hace explosión, arrancándole a los dos hermanos una pierna completa, y a Silverio las dos piernas. Una vez más, el Estado de Chile apenas se entera de que tres de sus ciudadanos han sido atrozmente mutilados e incapacitados, y no les presta la ayuda que merecen. Son hasta ahora indigentes. Uno de ellos ya murió, a los 45 años de edad, sin conocer la justicia, ni una prótesis adecuada, ni un trabajo digno. Ni tan sólo una disculpa. ¿Cómo se le explica a alguien que ha perdido sus dos piernas que se trató tan sólo de negligencia de un organismo del Estado?
José Miguel Larenas Mahn, mi hijo, paseando de madrugada por el Valle de la Luna, sector turístico conocido en todo el mundo, en las cercanías de San Pedro de Atacama, el 17 de diciembre de 1994, presintió el volcamiento de la camioneta que iba tras suyo, en la que viajaban sus amigos. Volvió a auxiliarlos, los llevó a la Posta de primeros auxilios del pueblo, luego al puesto de Carabineros local, y volvió con dos policías a intentar sacar el vehículo de las arenas del desierto, donde había caído, para dejarlo sobre el camino y poder así remolcarlo. Durante esta maniobra, la rueda trasera de su camioneta escarbó el terreno hasta hacer contacto con un proyectil de 106 mm. que estaba allí enterrado. La explosión levantó la camioneta por los aires unos cuatro metros, luego cayó envuelta en llamas. Él salió del vehículo destrozado y en llamas sin saber cómo, y se alejó de él, dejándose luego caer al suelo, con su brazo izquierdo destrozado, manando abundante sangre. Un Carabinero que presenció todo el suceso, corrió a auxiliarlo, aplicándole un torniquete bajo el hombro, salvando así su vida, que escapaba por su brazo, y sin explicarse cómo había sobrevivido a tan inmensa explosión. José Miguel dice que salvó con vida porque su madre, muerta hacía dos años, lo había tomado en brazos y lo había posado en el suelo para que escapara de las llamas. Así lo sintió él. Así debió ser. No hay otra explicación.
El mismo médico que inicia este relato, ya no un joven, con barba cana a sus 44 años de edad, que había sido avisado sólo del volcamiento, e informado de que sólo había heridos leves, con algunas contusiones y erosiones, y de que su hijo no estaba lesionado, transitaba en camioneta por la carretera hacia San pedro de Atacama, a buscar a los jóvenes, en compañía de los padres de algunos de ellos, cuando se encontraron con varios vehículos detenidos y una ambulancia. Dijo a quien conducía que se detuviera para ofrecer su ayuda, y se bajó, aproximándose a una camioneta en cuya parte trasera parecía haber un herido, preguntando qué había sucedido, diciendo que era médico, con voz fuerte y firme para que no obstaculizaran su acción, e inquiriendo respecto a las lesiones de quien yacía en el piso ensangrentado de la caja de carga del vehículo y cómo habían sido provocadas. Se le dijo que por la explosión del estanque de bencina de su vehículo. Levantó las mantas para inspeccionar las lesiones y debió contenerse para no expresar su asombro por la magnitud y gravedad de lo observado: un brazo izquierdo destrozado, sin codo, jirones de carne colgando, el antebrazo y la mano prácticamente separados del brazo, unidos sólo por un delgado puente de piel y tejido graso. Buscó el pulso radial, encontrándolo, aunque débil. Tratando de controlar su espanto, pues en toda su vida profesional no había visto una lesión así, dijo al herido con voz cariñosa, que estuviera tranquilo, pues lo que tenía se arreglaría, aunque dudando seriamente de ello, pensando que en realidad solo cabría amputar. Y dejó su brazo con extremo cuidado envuelto en los apósitos que traía. Luego procedió a revisar otras partes de su cuerpo, el tórax, el abdomen, la cabeza. Descubrió su cara, hasta entonces cubierta por un paño para protegerlo del sol. Se encontró con un rostro lleno de cenizas, hollín, y tierra, en el que sólo resaltaban los ojos. Examinó la cara, los ojos, el cráneo, le hizo algunas preguntas para verificar su estado de conciencia. El respondió: es sólo el brazo, papá. Al escuchar esa palabra, el médico sintió un escalofrío, quedó rígido y miro con atención el rostro del muchacho. No, no podía ser su hijo, era un rostro lleno de tierra, sangre y hollín, y su hijo estaba en San Pedro de Atacama, sano, tenía que ser un error. No sabía que hubiera sucedido ninguna explosión, sólo un volcamiento con heridos leves. Soy yo, papá, dijo el niño, sin moverse. Y entonces, reconoció su voz, y en su mirada vio a su hijo, el hijo de su alma, el que había cuidado y querido siempre, el que había crecido sano y robusto desde un pequeño trocito de blanca piel y albos cabellos heredados de su hermosa madre, el que se acurrucaba contra su pecho hundiendo su cara en él para protegerse mientras paseaba en sus brazos por la orilla del mar. El mismo que había pasado con él tantos dolores y tantas alegrías. El mismo que con su hermanita gemela recorría en moto los caminos del desierto en su compañía disfrutando del sol y el viento limpio de la cordillera. El, el hijo de su alma, estaba ahí, en el piso desnudo del compartimiento de carga de una camioneta, con su brazo hecho jirones. Un proyectil había destrozado su brazo a 50 metros de un letrero que rezaba: “Valle de la Luna, Santuario de la Naturaleza”. Con cuidado, se reclinó sobre su cabeza tomándola en su pecho, reteniendo el llanto, y le dijo: no te preocupes, hijo, vas a estar bien, vas a sanar. Y dio al chofer de la camioneta la orden de partir de inmediato al hospital donde él trabajaba, entonces en Chuquicamata, sin perder tiempo en pasarlo a la ambulancia. Durante el viaje sujetó el brazo de su hijo para que no se desprendiera con los saltos del vehículo. Cuando llegaron al hospital, lo examinaron dos traumatólogos, uno de los cuales perdió el sentido al ver las lesiones. Posteriormente fue llevado al pabellón de cirugía para decidir qué tratamiento cabría aplicar, a cargo de los traumatólogos, y una vez que fue anestesiado, su padre , cuyas piernas ya no podían sostenerle, cayó al suelo, llorando como un niño, implorando a Dios que salvara su brazo, pidiendo que cortaran los suyos para salvar el de su hijo, sin darse cuenta de lo inútil que ello habría sido.
En la intervención, decidieron no amputarlo, transitoriamente, sujetando los huesos que pudieron salvar con aparatos metálicos de fijación externa. Al día siguiente fue trasladado hasta la capital del país en avión ambulancia, a un hospital especializado en traumatología. Estuvo allí 40 días, y fue operado 14 veces, para efectuarle injertos, para movilizar músculos remanentes con que cubrir la gran herida, para efectuar la fusión artificial con placas metálicas y tornillos de los huesos que quedaban. Y a costa de enorme sufrimiento, agujas, inmovilización, dolor, repetidas anestesias, encierro, insomnio logró salvar su brazo. Su padre y su hermana estuvieron siempre con él, no lo dejaron sólo ni un solo momento, durmieron a su lado 40 noches. Pasaron con él la Navidad y el Año Nuevo en el hospital. Oraron juntos, pidieron a Dios que lo sanara y calmara su dolor, a veces insoportable. Lograron sobrevivir para que él pudiera lograrlo. Su dolor casi terminó con la vida de su padre y su hermana, pero lograron controlarlo para que él viviera. Los colegas de su padre que lo trataron, materializaron un milagro de Dios. Logró conservar su antebrazo y su mano gracias a ellos, gracias a Dios, no gracias en lo absoluto a su país, que le causó la mutilación. Su país nunca se preocupó de ello. La compañía en que trabajaba su padre nunca se preocupó de ello, trató de interponer obstáculos siempre que pudo hacerlo. La patria nunca hizo nada. La justicia nunca hizo nada. El gobierno nunca hizo nada. Si algo se ha logrado en cuanto a que el país tome conciencia del atroz riesgo de los explosivos terrestres, es porque él ha trabajado para que lo que le sucedió no le suceda a otros. Y vive y lucha incansablemente por ello, mientras estudia con ahínco, por dar alegría a su padre y a su hermana, que sufrieron con él, por proteger a otros que sufren, por evitar que otros sufran como él sufrió. Y ahora lucha por evitar que otros lugares sigan llamándose “santuarios de la naturaleza”, siendo trampas mortales. Por lograr que funcionarios abúlicos e indolentes se den cuenta de lo que hacen por evitar estas tragedias: nada. Por lograr que las maniobras militares sigan normas mínimas de protección de la población civil. Por conseguir que su país y el mundo algún día estén limpios de artefactos traicioneros y absurdos sembrados por la inconsciencia, por la indolencia, por la estupidez humana. Si ello se consigue, su sufrimiento, el de su padre, el de su hermana, y el sufrimiento de tantos que han sido atrozmente mutilados o muertos y luego abandonados, tendrá su razón de ser. Las minas antipersonal, las minas antitanque, las municiones sin estallar, son símbolos de la decadencia intelectual y espiritual de la Humanidad actual.
Nada puede justificarlos, nadie puede continuar usándolos, nadie puede escuchar en silencio una historia escrita con sangre, mutilación, muerte, dolor y lagrimas de seres pacíficos que no han luchado ninguna guerra ni la desean.
La sangre, los huesos, la carne de mi hijo José Miguel, regaron una vez el desierto con dolor y con valor increíbles. Él me ha infundido fuerzas a mí, cuando han querido abandonarme. Es un veterano valeroso de una guerra que nunca existió. Que su sacrificio brutal y atroz, y el nuestro, no resulten en vano. Que sirvan para limpiar la faz de la tierra y evitar así que otros inocentes sufran lo que nosotros sufrimos.
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